Don Felder, Joe Walsh, Glenn Frey, Bernie Leadon

Eagles no fueron rebeldes ni rompedores. Y encima vendieron muchísimo. Aunque resultaran yonquis y camorristas como los que más, decir su nombre le hace quedar a uno muy mainstream y otras cosas en inglés. Bullshit. Honor eterno a las Águilas, a sus canciones, a sus armonías y a sus sublimes guitarras, redondas y cálidas como el sol de California.

Con varios cantantes, varios hachas, dos líderes y una docena de coplas gloriosas, la american band nos planteaba una duda bloguera: ¿Felder? ¿Walsh? ¿Leadon? ¿Frey? Gran confusión de méritos. Nuestro compinche V nos dio la pista: todos al mismo caldero y ya que ellos se arreglen las cuentas.

Si uno se acerca a los Eagles sin saber quién es quién y cuándo es cuándo, parece que todo obedeciera a una idea madre: una comunión de músicos al servicio de un sonido pulcro y perfecto. Desdeñaron los ángulos del camino, las tangentes y las secantes, porque lo suyo fue la rueda; la curva acústica e intemporal de la belleza. Hasta dudosas son las muescas de cada guitarra; uno empieza pensando que Frey se limita a las rítmicas, pero luego descubre que dos solos cimeros, los de I can’t tell you why y Try and love again, son él y nadie más que él. Uno rastrea fácilmente la autoría de los punteos, pero se queda con la duda de los trenzados guitarrísticos que recorren las piezas. Uno sabe, pero no acaba de saber.

El guitarreo de la banda empieza con Glenn Frey y Bernie Leadon en aquel bucólico disco inicial: voces impolutas y los inmensos espacios vacíos americanos. Continuó con Desperado y más sones campestres para el buche, pero Glenn no acababa de verlo y pegó un volantazo en On the border y One of these nights: fichó al talentoso hacha Don Felder y Eagles tomaron un nuevo rumbo que disgustó a Bernie, más dado al country, y le llevó, finalmente, a abandonar el barco. Por aquellas grabaciones había píldoras guitarreras como James Dean y solos como el de Don en One of these nights. Cosas serias.

Por Leadon llegó Walsh, y lo hizo con un pan debajo del cutaway: se avecinaba la obra cumbre, el pelotazo máximo. Guitarras y guitarras catapultadas a la eternidad. New kid in town, Try and love again y, eso es, Hotel California: petaron de hierbas y sacrificios la marmita de la bruja y brotaron seis minutos y medio de música áurea; una de las piedras filosofales del rock con ese solo, a pachas entre Felder y Walsh, que rascó todos los suelos de Valhalla. Qué os vamos a contar.

La bronca y la desavenencia vinieron en el paquete del éxito. Las trifulcas empezaron a girar en torno a porcentajes y derechos y, entre coro y coro seráfico, Felder y Frey casi se bajan a hostias del escenario. Quedaba un último disco y cantidad de mala baba entre el personal.

Las hachas de los Eagles son una ración de mimos a la música misma. Será por eso que, después de oírlas, siempre, pero siempre, queremos volver a hacerlo.

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Shawn Lane

Has pasado por power chords y fingerpicking, por shredders y manouches; has empachado con Yngwie y alcanzado a Gambale y Holdsworth para abrir todavía la boca. Pero estás en otro sitio; ya la técnica no te abruma y la ultratécnica te entretiene solo un ratito. Ah, la madurez.

Entonces ves a Shawn Lane.

Despavorido, buscas platillos, botones, laboratorios; buscas doctores Kabuto, candidatos de Manchuria. Le balbuceas con angustia al Word, provisto de la enciclopedia de adjetivos, el diccionario de rimas, un bestiario medieval y una antología del hermetismo.

What-The-Fuck?

Quince años después de su desaparición, las mutaciones de Shawn Lane siguen en el enigma. El hombre que carbonizó los estándares del virtuosismo en la guitarra eléctrica y redujo a polichinelas a guitar heroes que alardeaban de digitorrea, murió joven, de puro adelanto, de pura desubicación.

Ni un Holdsworth supervitaminado, ni mucho menos un shredder monocultivo; Lane fue una amalgama de erudición musical, presencia ciclópea y facultades técnicas situadas en el terreno de lo inefable; de la controversia teológica. Sometió Shawn de tal modo al instrumento que le sobró tiempo para ser también un excepcional pianista; no se suponía que aquello se fuera a lograr en el siglo XX, ni por un ser con cinco dedos en cada anca.

SL derrumba nuestras paredes de avezados escuchadores: volvemos a sentirnos asustados, sobreexcitados ante lo que no comprendemos, volvemos a chillar para descargar tensión como cuando vimos nuestro primer tragafuegos con cuatro años. Volvemos al placer de vernos barridos por un tipo sobrehumano.

¿Y la musicalidad? Sí; también. Se sintió cómodo engullendo a Tatum, a Bach y a la misma India, tocando cualquier cosa y frecuentando el maleable terreno de la fusión. Es discutible, cierto, eso de disparar notas a velocidades que ciegan el cerebro, pero algo hay, en esa masa sonora de Lane, alguna mística hecha de infinitas partículas. O quizá es que, simplemente, buscamos justificar nuestra fascinación por verle tocar disparates; y también Epilogue for Lisa.

Por qué hubo de asistir a la aclamación de satrianis y similares por los adoradores de la semifusa, es otro enigma. Shawn y su enorme corpachón vivieron en semipenumbra incluso para aquellos, cuando compararlo en términos técnicos con los demás era comparar el río con las bañeras.

Se cuentan cosas sobre su inteligencia y su capacidad. Todo nos creemos, visto lo visto. Porque a Shawn hay que verlo. Frikis de las seis cuerdas: vedlo.

shawn lane

David Gilmour

Por uno de esos azares de la vida apenas prestamos atención a Pink Floyd en nuestros días juveniles, y así no hay peligro de que este post venga columpiado en la nostalgia. Nos hemos acercado a su música de otro modo: llegando del futuro con cataratas de horas de escucha musical acumuladas, resabiadas y dispuestas a reventarnos cualquier verbena retro.

Nos daba, además, un pelín de pereza el progresivo, la moda de los álbumes conceptuales y aquella ansiedad por vestir al rock de ortodoxia artística. Y con todas esas rémoras llegamos a los Floyd y a nuestro hombre con guitarra, sobre el que había, también, un rótulo luminoso: pocas notas, pero que emocionan. Es decir David Gilmour y saltar ese cliché que, como todos, tiene su mitad y su otra mitad.

Hemos dado con algunas soberbias canciones, una banda original que asoma por encima de los lustros, la figura dominante de Roger Waters y algún que otro chasco del que responsabilizaremos a la prensa, que a veces infla lo que no es inflable y se marcha sin soplar los globos de verdad. Y luego, el hacha. Gilmour, en su salsa, es capaz de grabar guitarras tan emocionantes como las de Dogs y embutirnos cinco notas en el páncreas; en su salsa, es capaz de enlazar bendings con un sonido colosal y de crear inspiradas texturas guitarrísticas. Eso va a misa.

Aunque no lo ha hecho siempre, ni tan a menudo como parecen afirmar la historia y la mitología. Y estaba en el lugar oportuno: un grupo con habilidad para concebir atmósferas que exprimir y profanar con todas las letras del abecedario guitarrístico.

Bien saben en el olimpo de las seis cuerdas que Gilmour ha estampado la huella en varias piezas históricas; bien saben que ha logrado hacerse una voz propia, esa meta entre las metas, e inyectar personalidad en los engranajes del sonido rosa. Pero tanto abuso pentatónico desde que era joven y flaco nos deja, a veces, con hambre de riesgo y de semitonos. Parapetado en el buen gusto, David resulta exageradamente cauto en una música que pedía aventura y le puso en las manos el instrumento de los exploradores más enajenados.

Le reclamaríamos a DG lo que sabemos que puede dar. De Mother hizo brotar un solo de oro puro; medio minuto canónico que en el tiempo y la memoria, sin embargo, ha sido derrotado por Comfortably numb.

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