Scott Henderson

Ni siquiera en este blog, tan de cuestionarlo todo, vamos a discutirle a Scott Henderson una de las coronas más gordas, pesadas y brillantes de la guitarra de fusión, si es que tal cosa existe.

Scott es una absoluta bestia parda, y el responsable, según hemos podido saber, fue un bebedizo que se tomó de joven, en cuya receta había extractos de Holdsworth, Beck, Stevie Ray y el propio veneno de Henderson. Así que SH trasegó, se le puso cara de ido, se agarró a una Suhr y se convirtió en francotirador de las seis cuerdas porque, para entonces, ya tenía en el buche una técnica estratosférica y un cum laude en jazzismo, además de clara tendencia al porno guitarrístico rockero.

Scott empezó a reventar moldes con Tribal Tech, Chick Corea y el gigante Zawinul. Dicen que el suyo es un carácter complicado, pero queda por ver quién más puede enchufarse a la corriente para hacerse algunos SRV plus en Dog Party o Tore down house, luego ponerse en modo Weather Report con fraseo sideral, y terminar montándose un trío y disparando metralla eléctrica bop palanquita va y viene. Y ahora le echáis un ojo a Lady P.

Un asunto, ese de la palanquita, del que seguramente ha abusado Scott en los últimos lustros. Pero, guste más o menos, no se le puede acusar de haberse acomodado en el sillón a ver caer los dólares. Su sonido ha ido mutando hacia lo alucinógeno y es posible que Satch se pregunte, al verle, cómo es que este parece un marciano de verdad, si sale con camisetas de diez euros y no pone cara de orgasmatrón.

Henderson no esconde influencias porque su personalidad ha sido suficientemente grande para engullirlas y echar afuera una forma de tocar distinta, ultramoderna e intimidante. Quizá su música, en conjunto, no haya llegado tan lejos, y quizá sus dotes hayan de ser valoradas en círculos más bien guitarrísticos, pero para eso están blogs como este: para poner un poco de orden en ese caos de frikis llamando dios a cualquier shredder del chino.

Ya en sus sesenta y tantos, SH ha bajado mucho el ritmo de grabaciones, pero si tenéis oportunidad de ver en directo cómo tritura el blues y cómo hace chillar sus diabólicas frases, queridos chalados de la guitarra, no os lo perdáis. Estaréis delante de uno de los grandes hachas de nuestro tiempo.

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James Hetfield

Hetfield nació en el 770, en un poblado vikingo de Jutlandia. A los veintitrés destripó nueve monjes, incendió Lindisfarne y bebió sangre de basilisco. Volvió al mundo en 1963, ahora en California, y por nostalgia del hacha acabó agarrado a un artefacto con cuerdas que no mataba. Al menos hasta caer en sus manos.

En adelante, todos íbamos a aprender cantidad de cosas sobre thrash metal y megatones.

Lo de Hetfield fue la unión del intestino grueso con el metrónomo; la del rock con el misil Tomahawk. En las afueras de todo eso jugaban los jevis de los setenta, dejándose tres cuartos del gas en portadas y pose; pero el joven James penetró en los conductos mugrientos y abrió un boquete del que salió el caos. Y el caos, como sabéis, solo se ordena con una batería y una guitarra que haga las veces de ametralladora.

Con ese rugir que ya nos encajaba con títulos como Kill ’em all, redimió James a cantidad de cantantes metálicos y les señaló los garitos que servían matarratas de verdad. Si se va de malote, se suena como malote o se queda uno en casa jugando a la canasta.

La zarpa derecha tremebunda de Hetfield reinventó el riff y se lo escupió al hombre nuevo. Aquí teníamos que hablar de guitarras, pero hoy nos presta lo historiográfico porque esto de James fue doblar la esquina del tiempo y abrir la alcantarilla para que una generación cayese dentro y saliera con furia reforzada y prisa por sonar a infiernos.

James Hetfield es Metallica, y Metallica es algo serio en esa historia del rock tan propensa a ver traidores por todos lados. Nos quedamos en sus primeros cinco discos porque lo que hay en ellos es ineludible antropológica y artísticamente: el caballo de Napoleón existió; los riffs y la garganta de James Hetfield existieron. Los gustos son otra cosa.

En la discografía de los metálicos hay porno y perdigones que pueden entrar o no entrar, pero que ser, son. Y los apisonantes sonidos de Blackened o For whom the bell tolls no han escondido la inspiración y la personalidad de Hetfield a bajas revoluciones. Podéis oír One otra vez, sí.

Hace mucho que James se convirtió en rocoso tótem del riff. Y hace mucho que sabemos que su banda soportará la prueba del tiempo porque ya ha sido capaz de soportar los solos infumables de Hammett.

james hetfield

Albert Lee

Todos habríamos pensado que una luminaria del guitarreo country-rock tendría que haber nacido debajo de un cactus cualquiera, en algún desierto del Colorado. Es difícil aceptar a un inglés canijo, humilde y sonriente sentado en el trono de los rudos vaqueros que se desayunan escorpiones vivos. Y, sin embargo, ahí es donde está.

Albert Lee es el hombre. El hombre menudo que tiende a tocar encorvado y ha mantenido, mal que bien, sus melenas a lo largo de casi sesenta años on stage. No es un error de cálculo: Albert Lee, el prodigioso Albert Lee, ya era profesional en 1960, todavía apretándose los granos antes de subir a las tablas. Los Beatles aún no habían grabado nada. Es para que nos situemos.

Nacido en la brumosa England, decidió su propia tradición lejos de bombines y paraguas. En sus primeras bandas se dedicaba Albert al rockabilly, pero lo que de verdad le hacía era tocar aquella música de praderas, fogatas y crótalos que llegaba, también, del otro lado del charco.

Tardó mucho en grabar con su nombre porque siempre estuvo ocupado viendo cómo megastars como Emmylou Harris o Eric Clapton se daban de hostias por contar con su guitarra galáctica, su técnica híbrida, sus licks raudos y penetrantes como un disparo de Colt. Y no deja de ser sorprendente que Manolenta deseara presentarse ante el respetable con quien podía borrarle del mapa con tres notas; como fuera, todo lo resumió la gran Emmylou al decir que, cuando San Pedro le preguntase qué había logrado en la tierra, contestaría que tocar al lado de Albert Lee.

A nuestro hombre, no obstante sus mil y una grabaciones con todo quisque, hay que verlo sobre el escenario, con el instinto afilado y enlazando el momento musical como un toro en un rodeo. Hay que presenciar su célebre Country boy y ese torrente de frases acongojantes que le saca a la Telecaster, al ukelele o al hacha del vecino. Una virtuosa y lunática forma de tocar que es como un regate, como una cosa gamberra, de trilero, para dejarte embobado.

Pero el truco no se lo conocemos.

Albert Lee es una leyenda de las de verdad; un hito en la historia de la guitarra. También un buen cantante y, según todos los que con él han compartido música, un tío generoso y nada egocéntrico. Así se han llevado otros la fama que te correspondía, Albert.

albert lee