Albert Lee

Todos habríamos pensado que una luminaria del guitarreo country-rock tendría que haber nacido debajo de un cactus cualquiera, en algún desierto del Colorado. Es difícil aceptar a un inglés canijo, humilde y sonriente sentado en el trono de los rudos vaqueros que se desayunan escorpiones vivos. Y, sin embargo, ahí es donde está.

Albert Lee es el hombre. El hombre menudo que tiende a tocar encorvado y ha mantenido, mal que bien, sus melenas a lo largo de casi sesenta años on stage. No es un error de cálculo: Albert Lee, el prodigioso Albert Lee, ya era profesional en 1960, todavía apretándose los granos antes de subir a las tablas. Los Beatles aún no habían grabado nada. Es para que nos situemos.

Nacido en la brumosa England, decidió su propia tradición lejos de bombines y paraguas. En sus primeras bandas se dedicaba Albert al rockabilly, pero lo que de verdad le hacía era tocar aquella música de praderas, fogatas y crótalos que llegaba, también, del otro lado del charco.

Tardó mucho en grabar con su nombre porque siempre estuvo ocupado viendo cómo megastars como Emmylou Harris o Eric Clapton se daban de hostias por contar con su guitarra galáctica, su técnica híbrida, sus licks raudos y penetrantes como un disparo de Colt. Y no deja de ser sorprendente que Manolenta deseara presentarse ante el respetable con quien podía borrarle del mapa con tres notas; como fuera, todo lo resumió la gran Emmylou al decir que, cuando San Pedro le preguntase qué había logrado en la tierra, contestaría que tocar al lado de Albert Lee.

A nuestro hombre, no obstante sus mil y una grabaciones con todo quisque, hay que verlo sobre el escenario, con el instinto afilado y enlazando el momento musical como un toro en un rodeo. Hay que presenciar su célebre Country boy y ese torrente de frases acongojantes que le saca a la Telecaster, al ukelele o al hacha del vecino. Una virtuosa y lunática forma de tocar que es como un regate, como una cosa gamberra, de trilero, para dejarte embobado.

Pero el truco no se lo conocemos.

Albert Lee es una leyenda de las de verdad; un hito en la historia de la guitarra. También un buen cantante y, según todos los que con él han compartido música, un tío generoso y nada egocéntrico. Así se han llevado otros la fama que te correspondía, Albert.

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Pierrejean Gaucher

Que la guitarra de jazz habla buen francés lo sabemos gracias a cierto gitano con bigote y a toda su prole meteórica. Pero, fuera del foco manouche, tienen los vecinos otros hachas, imbuidos de otras cosas y prestos a emitir otros sonidos. Ya ha pasado la tira desde que el jovencito Pierrejean Gaucher fundó un grupo fusionero llamado Abus Dangereux, pero no es por eso que le hacemos un hueco en este blog.

En realidad, a Pierrejean llegamos un poco por casualidad, y nos gustó lo que oímos. Un guitarrista que ya había armado su puzzle y formado sus palabrotas con el Intelect; un músico que ya tenía su expresividad con estribos y riendas, y sonaba sincero y bonito al tiempo que sofisticado y raruno. Un señor guitarrista nacido a finales de los cincuenta, con un potaje de sonidos en el buche propio de esa generación que primero aprendió jazz y después se fue a buscar artefactos, embudos, cables y batidoras para ver qué salía si conectaban todo aquello.

Pierrejean ha tenido cantidad de formaciones, y en todas su guitarra ha sonado de maravilla. En una banda de homenaje a Zappa, en un dúo con el vitamínico Christophe Godin, en un trío interesantísimo con cello (ese gran e infrecuente acierto), y así. Todos esos formatos los ha salpicado de versiones, que ya se ve que le gustan, a Pierrejean, y que son versiones de verdad, no las de Di Meola ni las del domingo por la tarde con los amigotes. Con el trío que decíamos, Melody makers, se hizo un disco enterito de ellas y las recomendamos sin excepción, igual que la espléndida Roxanne con Godin e igual que sus propias composiciones, dignas de un tipo que da callado lustre al jazz europeo, sea eso lo que sea.

Sabe tocar desmelenao, este inquieto Gaucher, y sabe tocar a lo Frisell. Nada se le escapa y en nada se queda empantanado. Le gustan los ruiditos, los standards, el rock y los experimentos, pero siempre suena de verdad, hombre. Nada para aparentar, nada para impresionar. Que todos vamos cumpliendo años y esto se trataba de música.

No sabemos de él tanto como de otros, pero tampoco queremos dejar pasar tiempo por la vanidad de un post más adornado. Pierrejean está en su madurez musical y ha de ser él quien os cuente las cosas. No es cuestión de esperar más para escucharle.

pierrejean gaucher

Don Felder, Joe Walsh, Glenn Frey, Bernie Leadon

Eagles no fueron rebeldes ni rompedores. Y encima vendieron muchísimo. Aunque resultaran yonquis y camorristas como los que más, decir su nombre le hace quedar a uno muy mainstream y otras cosas en inglés. Bullshit. Honor eterno a las Águilas, a sus canciones, a sus armonías y a sus sublimes guitarras, redondas y cálidas como el sol de California.

Con varios cantantes, varios hachas, dos líderes y una docena de coplas gloriosas, la american band nos planteaba una duda bloguera: ¿Felder? ¿Walsh? ¿Leadon? ¿Frey? Gran confusión de méritos. Nuestro compinche V nos dio la pista: todos al mismo caldero y ya que ellos se arreglen las cuentas.

Si uno se acerca a los Eagles sin saber quién es quién y cuándo es cuándo, parece que todo obedeciera a una idea madre: una comunión de músicos al servicio de un sonido pulcro y perfecto. Desdeñaron los ángulos del camino, las tangentes y las secantes, porque lo suyo fue la rueda; la curva acústica e intemporal de la belleza. Hasta dudosas son las muescas de cada guitarra; uno empieza pensando que Frey se limita a las rítmicas, pero luego descubre que dos solos cimeros, los de I can’t tell you why y Try and love again, son él y nadie más que él. Uno rastrea fácilmente la autoría de los punteos, pero se queda con la duda de los trenzados guitarrísticos que recorren las piezas. Uno sabe, pero no acaba de saber.

El guitarreo de la banda empieza con Glenn Frey y Bernie Leadon en aquel bucólico disco inicial: voces impolutas y los inmensos espacios vacíos americanos. Continuó con Desperado y más sones campestres para el buche, pero Glenn no acababa de verlo y pegó un volantazo en On the border y One of these nights: fichó al talentoso hacha Don Felder y Eagles tomaron un nuevo rumbo que disgustó a Bernie, más dado al country, y le llevó, finalmente, a abandonar el barco. Por aquellas grabaciones había píldoras guitarreras como James Dean y solos como el de Don en One of these nights. Cosas serias.

Por Leadon llegó Walsh, y lo hizo con un pan debajo del cutaway: se avecinaba la obra cumbre, el pelotazo máximo. Guitarras y guitarras catapultadas a la eternidad. New kid in town, Try and love again y, eso es, Hotel California: petaron de hierbas y sacrificios la marmita de la bruja y brotaron seis minutos y medio de música áurea; una de las piedras filosofales del rock con ese solo, a pachas entre Felder y Walsh, que rascó todos los suelos del Valhalla. Qué os vamos a contar.

La bronca y la desavenencia vinieron en el paquete del éxito. Las trifulcas empezaron a girar en torno a porcentajes y derechos y, entre coro y coro seráfico, Felder y Frey casi se bajan a hostias del escenario. Quedaba un último disco y cantidad de mala baba entre el personal.

Las hachas de los Eagles son una ración de mimos a la música misma. Será por eso que, después de oírlas, siempre, pero siempre, queremos volver a hacerlo.

don felder joe walsh