Mike Stern

 

Igual que a Coryell le encantaba pensar que era un tipo muy rápido, a Mike Stern le encanta pensar que es un tipo como muy loco y carismático, y que la cámara adora sus melenas rockeras. También le encanta, a Mike, organizarse los solos a golpe de interruptor: para arriba, fraseo bluesy; para abajo, fraseo bop. Y luego un contoneo de caderas así como para matar al personal.

A Stern se le ha puesto a alturas tremendas y ha tocado con los jefazos del hacha; y aunque se ha mantenido más fotogénico que Metheny, Sco y Frisell, no le da la obra ni el discurso para mirarles musicalmente a los ojos. Sus aciertos están desperdigados a lo largo de un recorrido más bien autocomplaciente, por mucho que arrancara con el gran jefe Miles. A lo mejor resulta que MS, que sí, toca muy bien y tal, no tenía tanto que decir en estos fregados.

Una vez lo vimos on stage, atraídos por su nombre y su aura rockera, y esperamos sentados a que apareciera la bestia que imaginábamos; en su lugar asomó un guitarrista que repetía y repetía esquemas, buscando el aullido de la masa con licks pentatónicos en el registro agudo. Y claro, aunque hayan pasado veinte años no se lo hemos perdonado, porque las entradas eran de las caras.

Ya ves, Mike: este es un post escrito desde el rencor.

Caro era también el disco que compramos, Odds or evens, y tampoco allí estaba lo que debía estar. Luego llegó Youtube; ya éramos maduros para saber claudicar y rendirnos a las evidencias, y, finalmente, fundamos esta bitácora para contradecir a la crítica cuando fuera más o menos indispensable.

Es el caso, Mike: no molas tanto como se repite y es nuestra obligación decirlo. La fusión es un terreno tentador para un guitarrista que puede tocar jazz y rock, pero a menudo resulta ser también un entorno oscurecido en el que todos los gatos son pardos. La gente estudia, no se pierde en la armonía, maneja un diccionario tocho de patrones y así, pero eso todo ya lo sabemos; no nos llama la atención salvo cuando llega un hacha desparramando musicalidad sobre los métodos de Berklee.

No está el mundo como para presumir de tocar bien porque hay miles y miles de tipos que lo hacen de maravilla, pero, ¿las estrellas? A las estrellas les pedimos otra cosa, Mike.

 mike stern

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Larry Coryell

De Larry tengo recuerdos de infancia: un concierto de 1979 con el famosérrimo Guitar trio, por aquel entonces McLaughlin, Paco e, incomprensiblemente, Coryell.

A aquella primera ocasión de verlo le sucedieron en el tiempo otras más: un Jazz entre amigos en el que tocaba con sandalias y calcetines; un bolo de Wayne Shorter en el Jazzaldia que me pilló entre el público; aquel Leyendas de la guitarra del 91 en que se cagó en el Bolero de Ravel; y, desde entonces, alguna otra vez que Larry habrá asomado por algún sitio justo cuando yo estaba mirando. Porque buscarlo, bien sabe Dios que no lo he hecho.

Un disco suyo, dejémoslo asimismo claro, no ha llegado ni a rozarme.

Con este bagaje, quizá escaso, quizá no, me dispongo a juzgarlo y condenarlo en cuestión de un par de líneas. Razones tengo varias, pero una en concreto convierte a Larry, que será una bellísima persona con toda seguridad, en interesante a efectos literarios, antropológicos, filosóficos; a saber: es el único guitarrista profesional con cierta fama que, creyéndose rápido, no lo es.

Un misterio para nosotros, este LC. Vende su virtuosismo; centra sus muy molestos solos en mostrar su digitorrea, y cierra mientras los ojos como un aviador del mástil que fuera. Pero los dedos no le dan. No te dan, Larry. Verás, a mí me importa entre nada y casi nada la velocidad, pero si presumes de tenerla, al menos, tenla.

Al Coryell lo hemos visto intentando alardear de prestidigitación en el momento de tocar cara a cara con John McLaughlin, cosa tan estrambótica como pretender apabullar a Michael Phelps con nuestras habilidades natatorias. Y claro, no lo hemos entendido, ni hace treinta años, ni ahora. Desconocemos qué tipo de espejos tiene Larry en casa, qué tipo de personas le circundan en lo íntimo, qué orejas presta Larry a lo suyo y a lo de los demás.

El caso es que nos hemos quedado sin saber qué podría Coryell haber sido si no se hubiese empeñado en ser y parecer lo que no es ni parece. Y es por eso que Joan Bibiloni, entrevistado por Guitar Player tiempo ha,  se vio impelido a banderillearlo poco después de trabajar con él. Dijo Joan que Larry sabía mucho pero, pero… ¡que era un poco sucio…!

Espero que nunca leas esto, Larry. Yo ya no querría desilusionarte a estas alturas.

larry coryell