Al Di Meola

Al Di Meola afirmaba, allá en sus tiempos de Return to Forever, que su objetivo era convertirse en el guitarrista más rápido del mundo. Claro queda que su paso por Berklee no acabó de serle provechoso para el enfoque musical. Pero vamos a tomarlo por pecadillo de juventud porque, al cabo, estaba Al cumpliendo los veinte.

No parecía mal comienzo adentrarse en la farándula de la mano de Corea, aunque RTF no sea la cima de la carrera del pianista. Di Meola, en cualquier caso, dispuso de un bonito trampolín para acabar aterrizando en el lugar que le daría fama: una silla entre Paco de Lucía y John McLaughlin, en aquel trío de éxito planetario con sus giras y su Friday night in San Francisco.

La vecindad con Paco y John no dejaba de ser ilusoria: Al podía competir con ambos en digitorrea, y bien que lo hacía; en ningún otro aspecto les llegaba a los talones, pero en el show de efectismo y pirotecnia estaba él como en la mecedora de su casa. Luego tenía, ADM, una mano derecha que impactó a los guitarristas, con su milimétrica precisión rítmica atacando intrincados saltos de cuerda; conquistó el de Jersey hordas de seguidores entre los hachas aficionados, que durante largo tiempo le votaron masivamente en las encuestas del Guitar player, y así.

Al, todavía, suele querer demostrar que es capaz de meter más notas que el otro y adopta un gesto chulesco cuando toca. Además ha venido poniendo a sus discos títulos feos y grandilocuentes como Splendido Hotel o The grande passion. La técnica nadie se la va a negar, y sus momentos, más allá de la famosa introducción del Mediterranean Sundance, los habrá tenido. Pero, de verdad, qué empacho de hombre.

Se diría que su nombre ha permanecido a flote tres décadas con el aire que le insufló el trío, porque el relativo estatus de estrella que conserva hoy Al Di Meola no viene de ninguno de sus últimos quince discos, aunque haya grabado algunos socorridos homenajes echando mano de Piazzolla y The Beatles.

Es oír su tiesa versión de And I love her, rellena de las notas gratuitas de siempre, compararla con la de Metheny, y entender por qué uno está en la historia de la música y otro siendo chorreado en un blog caprichoso como este, que dispara palabras como él dispara notas, pero sin cobrarlas.

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Carlos Germade

El de Carlos Germade es uno de esos casos que claman al cielo. Podríamos repetir ahora el manoseado discurso acerca de la relación caprichosa entre talento y éxito, pero no nos ayudaría a entender cómo un grupo como Hermanas sister, con su excelsa calidad musical, con su cantante fotogénica y sonriente, con su puñado de canciones pegadizas y luminosas, vive en el más absoluto de los limbos para la masa. Cosas veredes.

A Germade lo descubrimos un día, muchos años hace, en la tele. Armado de acústica y perilla acompañaba a Anita Rowe haciendo sonar acordes sincopados, percusiones, ritmos funky, ráfagas escalísticas y líricos interludios como si nada. Algo quedaba claro en cuestión de segundos: el tipo iba muy sobrado, sabía mucho y tenía toneladas de eso.

Resultó ser un dúo anglo-malagueño, aquel. Resultó ser él un multiinstrumentista de un nivel verdaderamente absurdo para su relativa no-fama. Y pensamos ahora en Antonio Toledo.

Hermanas sister, Carlos y Anita, habían publicado The punk acid-jazz experience en 1995. Ahí el acústico Germade era también eléctrico, y lo mismo se ponía hendrixiano que se descolgaba con un solo tremendo en Moonchild; lo mismo se disfrazaba de metalero en Illegal kiss que volvía a la delicadeza desenchufada de Can you speak a little louder? Todo lo tocaba, maldita sea, y todo le sonaba a gloria.

Pocos años después, entre concierto y concierto, la mágica pareja sacaba Peeling walls y un directo, Little fishes in the big bad sea, que mostraba su probadísima pericia on stage. Ahí estaba la sorprendente versión de Stop, de Sam Brown, y la chisporroteante de Give it away, con el guitarrista poniéndose catedrático en una y en otra. Ahí estaba también Green monster, quizá la mejor de sus canciones.

Desde entonces hasta ahora han pasado quince años y un único disco más. Pero Hermanas sister sigue existiendo y Carlos Germade sigue siendo un músico superdotado que, en su grupo principal, se ha dedicado mayormente al arte de acompañar; aunque su corazoncito de virtuoso pide desperezarse de vez en cuando porque en su guitarra confluyen McLaughlin, Frusciante, el metal y la seguiriya.

La industria, el gran público, siguen en la inopia, y la pequeña audiencia guitarrística prestando atención a cualquier émulo de SRV, de Vai, de los pupilos de los pupilos de Jimi, que nos llegue de las Indias envuelto en celofán.

Habría que mirar un poco más cerca, alguna vez.

carlos germade

John McLaughlin

La primera cara de John muestra lo que más prejuicios despierta en esto de la música: un virtuosismo absoluto, imperial. Hemos de seguir oyendo, buscando en sus muchas etapas, para descubrirle la brillantez compositiva, para dar con This is for us to share, Thousand island park, Lotus feet, Florianapolis. Para llegar al poético homenaje a Bill Evans, esa forma de tocar tan alejada de la suya.

Algo hay de irreal en la velocidad de John McLaughlin. Sin trampa. Picking crudo, ni un ligado. La embalada verborrea de su guitarra no parece casar bien con la dimensión mística, serena, de su carrera y de su carácter. Pero ambas cosas le emparentan con la médula y el lenguaje de John Coltrane, una inspiración suya de siempre.

Recapitulando, sus pasos empezaron en los sesenta, durante los cuales, no sabemos bien cómo, adquirió su técnica futurista, desubicada, e hizo un primer disco, Extrapolation, que no dedicó a la exhibición personal, sino a piezas ya maduras. El saxo de John Surman estaba allí.

Después vino My goal´s beyond y su versión de Goodbye Pork-pie hat, que había de superar en los conciertos del Guitar Trio. McLaughlin ya tenía gurú para entonces, y pronto se sumergiría en el hinduísmo con la explosión fusionera de fondo. Al frente de su Mahavishnu Orchestra hizo, dice, cantidades impensables de dólares, saltando del instrumento eléctrico al acústico hasta que aquello se agotó. Pero al poliédrico John aún le dio el decenio para juntarse con Miles y con Shakti, y durante todo ese tiempo su producción fue valiosa, pero irregular.

El archifamoso Guitar Trio vino de su encuentro con Paco de Lucía; al gran público ofreció Mac su cara de malabarista imposible, y más que eso. Es oír Friday night in San Francisco con perspectiva y empacharse de Di Meola de inmediato, pero está el turbador Frevo rasgado que Paco y John tomaron prestado a Egberto Gismonti.

Por suerte, dos tercios de aquel trío no hacían el idiota.

El intenso John McLaughlin ha cultivado, en fin, el silencio y la semifusa; se ha empapado de sitar y de ragas, de falsetas y cuartetos, de psicodelia y de escalas. Ha buceado las profundidades del jazz y alcanzado velocidad cegadora con décadas de adelanto. Ha vestido de blanco y de rojo, se ha cambiado de nombre y se ha casado y vuelto a casar.

Parece claro que supo encontrar su camino.

john mclaughlin