Pierrejean Gaucher

Que la guitarra de jazz habla buen francés lo sabemos gracias a cierto gitano con bigote y a toda su prole meteórica. Pero, fuera del foco manouche, tienen los vecinos otros hachas, imbuidos de otras cosas y prestos a emitir otros sonidos. Ya ha pasado la tira desde que el jovencito Pierrejean Gaucher fundó un grupo fusionero llamado Abus Dangereux, pero no es por eso que le hacemos un hueco en este blog.

En realidad, a Pierrejean llegamos un poco por casualidad, y nos gustó lo que oímos. Un guitarrista que ya había armado su puzzle y formado sus palabrotas con el Intelect; un músico que ya tenía su expresividad con estribos y riendas, y sonaba sincero y bonito al tiempo que sofisticado y raruno. Un señor guitarrista nacido a finales de los cincuenta, con un potaje de sonidos en el buche propio de esa generación que primero aprendió jazz y después se fue a buscar artefactos, embudos, cables y batidoras para ver qué salía si conectaban todo aquello.

Pierrejean ha tenido cantidad de formaciones, y en todas su guitarra ha sonado de maravilla. En una banda de homenaje a Zappa, en un dúo con el vitamínico Christophe Godin, en un trío interesantísimo con cello (ese gran e infrecuente acierto), y así. Todos esos formatos los ha salpicado de versiones, que ya se ve que le gustan, a Pierrejean, y que son versiones de verdad, no las de Di Meola ni las del domingo por la tarde con los amigotes. Con el trío que decíamos, Melody makers, se hizo un disco enterito de ellas y las recomendamos sin excepción, igual que la espléndida Roxanne con Godin e igual que sus propias composiciones, dignas de un tipo que da callado lustre al jazz europeo, sea eso lo que sea.

Sabe tocar desmelenao, este inquieto Gaucher, y sabe tocar a lo Frisell. Nada se le escapa y en nada se queda empantanado. Le gustan los ruiditos, los standards, el rock y los experimentos, pero siempre suena de verdad, hombre. Nada para aparentar, nada para impresionar. Que todos vamos cumpliendo años y esto se trataba de música.

No sabemos de él tanto como de otros, pero tampoco queremos dejar pasar tiempo por la vanidad de un post más adornado. Pierrejean está en su madurez musical y ha de ser él quien os cuente las cosas. No es cuestión de esperar más para escucharle.

pierrejean gaucher

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Steve Vai

No deja Vai de ser una figura polémica en esto de la guitarra. Y se lo pone fácil a quienes quieran darle estopa: le priva el postureo, ensaya carusa cool en el espejo y gasta huracán portátil on stage para que le ondee la pelambre y quede todo más guitar hero. Además, lleva décadas trabajándose un perfil metafísico y estupendo en cada entrevista.

Pero talento es talento, y el caso es que Vai tiene. No de todos los tipos ni de todas las caras, pero tener, tiene. Incuestionable y manifiesto.

Su generación de hachas estudió en academias, y dominará él teoría y notación musical por un tubo cuando aquel trabajo inicial con Zappa fue transcribir las chaladuras del bigotudo, el primero en largar elogios del chico, que lo sabía todo, que lo tocaba todo. ¿Se puede empezar mejor?

Pues no.

El jovencito SV se sudó una primera faena, Flex-able, que suena más Zappa que Zappa. Alguien muy dotado imitando a alguien genial; algo interesante porque sí. Después fue Steve a aparecer en Crossroads como diabólico duelista pirupiru. Nada como el cine para que se hable de uno, y de Vai se habló entonces, mientras andaba de bolos con David Lee Roth.

Llegó Passion and warfare y la aclamación del patio guitarrístico. Aquel tipo tocaba de muerte y tocaba notas muy raras, pero no era disco destinado a exhibir digitorrea, teniéndola el neoyorkino para regalar. Contenía sonidos y aullidos de Plutón, contenía piezas con sabor hendrixiano (Sisters) y contenía un solo que, es lo cierto, eriza pelos a día de hoy: For the love of God. La complejidad embutida en sonido espontáneo, en la lógica misteriosa de la música.

El exitoso Vai se dedicó luego a sus G3 y a pasear estrellato, Ibanez y solvencia guitarrera por medio mundo, mientras los fans discutían y no paraban confrontándole con Yngwie, Satriani y cualquiera que asomara semifuseando por ahí. Vemos superior a Steve, lo que no quita que nos parezca escasamente interesante lo más de su producción de veinte años para acá. Ni que nos ponga nerviosérrimos verle tocar Tender surrender más preocupado por apartarse de la cara su cabellera heroica.

Vai ha hecho su aportación, grande, valiosa, a la guitarra moderna. Eso nos importa. Sus discos nos aburren kilogramos y kilogramos. Su personaje, y esas cosas de los coágulos bajo las yemas de los dedos, nos divirtieron mucho hace tiempo. Ya no.

steve vai

Frank Zappa

Algo así como la dignidad del rock. Siempre estuvo por encima de sus entrevistadores, siempre estuvo por encima de sus fans; y se cansó de hacer bufonadas sin convertirse nunca en un bufón. Si tuviéramos que enviar a un músico a algún sitio en representación del r’n’r, no sería un surfista, ni un jipi lenguatrapo, ni un gamberro punki ni un jevi escandinavo. Sería Zappa. Su tocha, su retranca, su bigotazo, su discernimiento.

La valía como creador de FZ es más bien absurdo cuestionarla. Pero si tuvo fama más allá del círculo que prestaba oídos a sus discos fue por cáustico, por ocurrente y porque supo hacerse una imagen con gancho. Muchos, sin haber oído nada de él, conocen su foto en el retrete y su frase sobre el periodismo del rock. Muchos, antes de encarar su música, son conscientes de que Zappa mola, y desean fervientemente que les guste.

Daba Frank sensación de tomarse las cosas simultáneamente muy a broma y muy en serio. Parecía resbalarle todo, pero sus actuaciones estaban hipertrabajadas y los músicos de que se rodeaba no eran unos cualesquiera. Nos encaja, sí, que no se viera a sí mismo como guitarrista, sino como compositor capaz de manejar las seis cuerdas. Porque sus solos tienen algo de ensimismado: FZ no está encantándose con el instrumento, sino rebuscando material melódico. A veces lo encuentra y a veces no tanto, pero, repetitiva o no, sucia o no, en su forma de tocar siempre hay un raro magnetismo.

Shut up ‘n play yer guitar es un como retrato del Zappa guitarrista: su sonido, su particularísimo sentido rítmico, sus hallazgos y, también, sus divagaciones sin sustancia. De alguna manera, el FZ instrumentista juega con ventaja porque sabe que nos tiene ganados de antemano y no le vamos a juzgar como a un hacha a sueldo. El músico, en todo caso, es mayor que el guitarrista. Pero el guitarrista es grande, por verdadero, por suyo.

La producción de Zappa es inasumible y la lista de nombres que tocaron a su vera, mareante. Luego, su música es su música. Cada uno se la bucee y se la juzgue como pueda. Aquí nos vamos a quedar con Apostrophe (‘), Hot rats y una genialidad de The Grand Wazoo llamada Blessed relief. Y con su voz, también. Con ese vocalizar socarrón perorando por encima de una banda concentradísima.

El gigante Frank Vincent Zappa.

frank zappa