Biréli Lagrène

Seis décadas hace que Django abandonó este mundo; una larga travesía que la guitarra manouche ha colmado de sucesores y réplicas del patriarca, porque lo que nunca ha parecido posible es tocar esa música sin pegarse como una lapa a las notas que él tocó.

Así, los nietos de Reinhardt, Stochelo, Tchavolo, Joscho, los radiantes virtuosos del swing gitano, han debido enfrentar el riesgo de quedar atrapados en un perpetuo homenaje a la figura de Django, a sus frases y a sus ritmos. Pero es Biréli Lagrène, uno de los más aventajados, quien mejor ha sabido resolver esa paradoja de encontrar la propia identidad en la estela de otro.

Niño maravilla del instrumento, Biréli estaba grabando discos a los catorce, y ahora, a los cincuenta, tiene una enorme lista tras de sí; muchos de sus títulos incluyen las palabras gypsy o Django, y es normal. Pero el superdotado Lagrène se ha movido; ha sido permeable a lo que ocurría y ha sabido salir de la repetición eterna de Jean Baptiste llevando sus increíbles dedos y oídos a otros lugares, haciéndose eléctrico y fusionero cuando le ha apetecido y conformándose una ecléctica personalidad sonora que le liberó para siempre de padres devoradores.

Biréli pudo después volver, tranquilamente, a pasear su talento envuelto en los sonidos de la luminosa tradición a la que pertenece, y a mostrar un tremendo sentido rítmico del fraseo que recuerda vagamente al de Benson. Se puede oír en discos como Standards y en su personal forma de tocar las conocidas Smile o Teach me tonight. Pero además, el de Soufflenheim es capaz de coger un bajo y sonar a Pastorius; es capaz de tomar un violín y hacerse un Grappelli; es capaz de agarrar un micro y cantar como un maldito crooner en homenaje al viejo Blue eyes. Solo Dios sabe de qué no es capaz.

Su discografía muestra dónde ha empleado las energías: en el directo, en las colaboraciones con todo el que es alguien en las seis cuerdas y en la etiqueta gypsy jazz. Y vale la pena echar unas horas revolviendo en los álbumes de Biréli, que no ha dejado sin grabar un solo viejo clásico del jazz. Encontraremos bonitas piezas en su Duet con Luc, y, apartando los excesos comunes en quienes chorrean técnica, gemas como La belle vie de To Bi or not to Bi: un gran músico, unas manos, una guitarra.

bireli lagrene

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Charlie Christian

Charlie Christian nació hace cien años y murió hace setenta y cuatro. Un corto y remoto vuelo por este mundo, el del primer gran solista de la guitarra eléctrica; una vida tan breve que incluso la de Django, nacido antes y muerto después, pudo envolverla enterita. Entre ambos, tan distintos, se reparten la gloria y las bengalas de la primera mitad del siglo XX.

Miembro de una familia de músicos, Christian debió aprender meteóricamente. Tanto descollaba su imaginación en las jams que fue recomendado a Benny Goodman, pero a este no le atraía la guitarra y, dice la leyenda, quiso dejar en evidencia al joven Charlie la primera noche que compartieron escenario. Ordenó tocar Rose room para meter en aprietos al guitarrista, quien respondió, sigue diciendo la leyenda, con una mágica e inagotable cascada de ideas que alargó la pieza hasta los tres cuartos de hora.

CC se ganó el puesto y con la banda del blanquito grabaría buena parte de lo que nos ha llegado de su genio. A ochenta años vista, y metido en el corsé de una agrupación como aquella, el de Texas sigue sonando fresco como el agua del río. Pero esa brillante y alimenticia dedicación al swing era solo parte de lo que el inquieto Charlie se traía entre manos. Por las noches acudía al Minton’s Playhouse, donde se juntaban Bird, Monk y otras luminarias que pronto lo dinamitarían todo, a liberar su talento excepcional.

Su salud empezó a no llevarse bien con aquellas noches y aquella obsesión exploradora. Luego, claro, el alcohol, otras cosas, una tuberculosis, consejos médicos de moderación que no escuchó. Y, repentinamente, sus veinticinco cortados de un tajo.

Lo que la guitarra de jazz debe a CC es inmensurable y su sonido impregna todo lo que vino después. Cogió el instrumento en el fondo del escenario y lo llevó hasta la luz de los focos, junto al saxo y la trompeta; arrancó en el swing y se metió en los túneles que habían de llevar al bop, y todo lo hizo sin rastro de simulación; desde esa pura verdad que iba prendida en sus notas.

Hoy, en un concierto, pueden oirse licks de Christian calcados de los solos de Swing to bop o Stompin’ at the Savoy. Herb Ellis, Kenny Burrell y varios más se encargaron de hacerles cruzar el tiempo para que nosotros pudiésemos mirar atrás y abrir la boca.

Charlie Christian

Django Reinhardt

Sus ritmos le pertenecían como las rayas pertenecen al tigre. Lo dijo Jean Cocteau de Django Reinhardt y aquí no le vamos a cambiar ni una coma, al Jean.

Una duda nos asalta de siempre, cuando pensamos en el gran Django: si realmente fue el responsable casi único de esa forma de tocar que ha llegado hasta hoy intacta, en las manos reverenciales de discípulos gabachos y belgas. Porque si lo fue, si eso se lo inventó él, no tendríamos casi palabras para usar en este post; pero es difícil el reparto de méritos en el caldo de cultivo del que emergió el inmortal manouche: gitanos, hogueras, carromatos, gitanos, principios del XX, no grabaciones, gitanos. Quién sabe.

Para la historia es así, luego tengámoslo por así. El caso es que en algún momento entre guerra y guerra, Django y Grappelli, un chispeante violinista que viviría el doble que su alter ego, se pusieron a tocar. A ritmos enloquecidos, exigentísimos para inventar música espontánea. Pero ellos llenaban cada pieza de improvisaciones exuberantes, optimistas, lucíferas. Tenían dedos y tenían fe. Eso se oye.

Y luego está el genio. El genio de Jean Baptiste Reinhardt, que andando ese camino con Stéphane y el quinteto del Hot Club, dio en alumbrar un lenguaje lujurioso con su guitarra. Y habló a su través, y legó así un puñado de músicas eternas y un sonido para ser imitado por los siglos de los siglos.

Ahora os diría que oyerais el solo de la versión de Nuages grabada en Londres el uno de febrero de 1946. Ese y no otro. La musicalidad misma, desatada.

Django, dijimos, era zíngaro, nómada, analfabeto, impuntual. Y sí, dos dedos de su mano izquierda estaban inutilizados por las quemaduras sufridas en un incendio de su carromato. Cuando sucedió, él tenía dieciocho años y se acababa de casar. Le quedaban sólo veinticinco de vida, porque un tipo como DR estaba cantado que iba a morir joven. Pero mientras, tuvo el buen juicio de concentrarse en vivir y en tocar, porque para eso había sido echado al mundo.

Django está hoy tras Philip Catherine y Christian Escoudé, y las notas que él tocó se confunden con las que tocan Biréli Lagrène y Stochelo Rosenberg. También, religiosamente, con las de cada guitarrista manouche, ese género, esa cosa. Ese invento resplandeciente de un gachó con bigotito y ocho dedos.

django reinhardt