Scott Henderson

Ni siquiera en este blog, tan de cuestionarlo todo, vamos a discutirle a Scott Henderson una de las coronas más gordas, pesadas y brillantes de la guitarra de fusión, si es que tal cosa existe.

Scott es una absoluta bestia parda, y el responsable, según hemos podido saber, fue un bebedizo que se tomó de joven, en cuya receta había extractos de Holdsworth, Beck, Stevie Ray y el propio veneno de Henderson. Así que SH trasegó, se le puso cara de ido, se agarró a una Suhr y se convirtió en francotirador de las seis cuerdas porque, para entonces, ya tenía en el buche una técnica estratosférica y un cum laude en jazzismo, además de clara tendencia al porno guitarrístico rockero.

Scott empezó a reventar moldes con Tribal Tech, Chick Corea y el gigante Zawinul. Dicen que el suyo es un carácter complicado, pero queda por ver quién más puede enchufarse a la corriente para hacerse algunos SRV plus en Dog Party o Tore down house, luego ponerse en modo Weather Report con fraseo sideral, y terminar montándose un trío y disparando metralla eléctrica bop palanquita va y viene. Y ahora le echáis un ojo a Lady P.

Un asunto, ese de la palanquita, del que seguramente ha abusado Scott en los últimos lustros. Pero, guste más o menos, no se le puede acusar de haberse acomodado en el sillón a ver caer los dólares. Su sonido ha ido mutando hacia lo alucinógeno y es posible que Satch se pregunte, al verle, cómo es que este parece un marciano de verdad, si sale con camisetas de diez euros y no pone cara de orgasmatrón.

Henderson no esconde influencias porque su personalidad ha sido suficientemente grande para engullirlas y echar afuera una forma de tocar distinta, ultramoderna e intimidante. Quizá su música, en conjunto, no haya llegado tan lejos, y quizá sus dotes hayan de ser valoradas en círculos más bien guitarrísticos, pero para eso están blogs como este: para poner un poco de orden en ese caos de frikis llamando dios a cualquier shredder del chino.

Ya en sus sesenta y tantos, SH ha bajado mucho el ritmo de grabaciones, pero si tenéis oportunidad de ver en directo cómo tritura el blues y cómo hace chillar sus diabólicas frases, queridos chalados de la guitarra, no os lo perdáis. Estaréis delante de uno de los grandes hachas de nuestro tiempo.

scott henderson

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Jimi Hendrix

En este blog predomina, seguramente, lo iconoclasta sobre lo mitómano; pero alguna vez el mito tiene razón. Alguna vez, incluso, se queda corto, o cojo respecto a la realidad.

Habréis visto a Jimi Hendrix en lo alto de esta página porque ese es su lugar cuando de la guitarra eléctrica se trata. Pero sobre él, sobre su genio, a menudo se habla tirando de un cliché demasiado poderoso y de una imagen demasiado carismática: agarro la Strato, la exprimo, la muerdo, la violo, la quemo, asciendo, llego a las estrellas, me consumo en un suspiro. Nos podemos imaginar un titular estupendo del Vice con todo eso.

Para la electric guitar fue Jimi el inventor del mundo en seis días, uno por cuerda, y al séptimo descansó por culpa de un batido de somníferos. Pero el instrumento solo fue la flecha porque la diana nunca dejó de ser una música sumergida ya en la eternidad. Castles made of sand, Long hot summer night, Manic depression, Bold as love, I don’t live today, Little wing, no sabemos si tiene sentido hacer listas. Es Hendrix, y conviene no confundirlo con un pionero de los que se adelantan a lo que habría inventado otro. Lo suyo era él o nadie, y por suerte fue él y su erupción musical llevándose el futuro por delante.

Quienes vinieron después han construido sobre la técnica, los recursos, los hallazgos del alquimista negro. Nadie ha podido mojarse en el mismo río ni suspenderse en el mismo aire. Nadie ha dado en mejorar sus músicas y solo cabe la rendición; caminar con cuidado entre las piedras alienígenas y añadir, si acaso, alguna nota aquí y allá.

Tenía veintitantos al morir y en cuatro había hecho la carrera individual más abrumadoramente intensa que el rock haya visto. Volved a escuchar Axis, después Are you experienced?, después Electric Ladyland, después The cry of love; podéis prescindir de las decenas de discos que sobre material descartado o apenas hilvanado se han hecho desvergonzadamente.

El mito, sí, resulta cierto a veces. Jimi, el visionario, el compositor gigante, existió a través de una guitarra que debió convertir en llama, en hierba y en nube para sacar el sonido que se le venía sangre arriba. En ese trance, casi sin querer, creó el logos y lo hizo guitarrística carne. Y a dentelladas le arrancó a la historia un lugar entre los mayores músicos de siempre.

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Yngwie Malmsteen

Yngwie Malmsteen, ese nórdico estirado; ese greñudo vanidoso como un Thor que en lugar de Mjolnir empuñase una Stratocaster templada por Odín.

Sabedor de sus dones, irrumpió Yngwie en tierra de mortales en los primeros ochenta. El jovencito dejaba patidifusos a los terráqueos con su insólita velocidad, su picking y sus arpegios flamígeros cual Paganini de la Fender. Aquello no lo podían hacer Eddie ni Schenker; aquello solo estaba al alcance de Malmsteen, que recién llegaba de Asgard por el puente del Arco Iris.

En Alcatrazz prendió fuego a cada espantosa pieza con solos de truenos y centellas; la música era infame, pero al hacha todos querían verlo y jalearlo, así que se lanzó Yngwie por su cuenta y obligó a todo el mundo a aprender su sueco nombre. A los tiernos veintiuno publicaba Rising force y el universo guitarrístico, para bien y para mal, quedaba medio grogui. Los fulminantes y morbosos punteos rebosaban de guiños a Bach y otros maestros clásicos, metidos en la turmix con un amor adolescente por Blackmore y acelerados a un millón de revoluciones. Dio aquello en llamarse neoclásico, corriente que tanto virtuoso heroico-soporífero había de traer.

Yngwie tiene legítimo derecho a autoproclamarse primer shredder, primer velocista pata negra de la guitarra en el rock. Pero sus armas, genuinas en él, se adocenaron en manos de otros que hicieron de la rapidez el fin y de la música un resto arqueológico. Y no es, exactamente, que YM haya hecho buena música; aquí no hemos oído ningún disco suyo entero ni planeamos hacerlo. Pero ha sabido servirse del instrumento a su manera, ha decidido cómo quería tocar y ha sacado sus tripas por entre las cuerdas hasta conseguirlo. Nuestros respetos. El resultado estético ya lo dejamos a vuestro juicio.

Yngwie, genio y figura, sigue siendo una diva entrada en años, kilos y botellas de vino. Ha aprovechado sus G3 con Vai y Satriani para mostrar quién es más rápido, y dispara de vez en cuando contra otros hachas por torpes, desafinados o mal peinados. Ha tocado con una orquesta sinfónica y tocará en Urano si tiene ocasión; pisa el suelo con su Strato, su ego y sus resacas mientras los clones aparecen y desaparecen por millones, sin peso y sin sustancia, como sombras.

Malmsteen es como sus solos; como sus arpegios. Y cuando un guitarrista hace de su personalidad su sonido, ya lo ha conseguido todo.

yngwie malmsteen

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