Pete Townshend

En este blog, ya sabéis, no vendemos objetividad. Lo que hacemos es poner un lacito a nuestras filias y fobias y lanzarlas al ciberespacio vestidas de primera comunión, o bien de primera tajada de morapio. Que eso ya depende.

El caso es que tenemos aquí a Pete Townshend, cabeza pensante y hacha percutiente de The Who; un dinosaurio que nunca nos acabó de enamorar, aunque conquistaran a los mods con el pequeño camorrista Daltrey al frente y quedaran asociados a aquella estética de dianas coloridas. Canciones, pues las tienen; tampoco nos haremos los estrechos.

Pete ejerció de líder narizado desde jovencito, y entre eso y una mirada algo turbia le quedaba una facha intranquilizadora; de esta gente que nunca sabes cuándo va a clavarte un tenedor en la rodilla. Por otra parte, el batería de la banda estaba como unas maracas, y Townshend remató un día el cuadro dándose de hostias con la maquinaria sonora. Andaba el rock inglés muy exigente si querías llamar la atención.

Había que romper más instrumentos que los demás y dinamitar más baños de hoteles que los demás, porque con la música sola no se hacía frente al furibundo aquelarre creativo sesentero. Así que también se aseguraron, a lo Joyce, de darles a los críticos cosas que jalear y adjetivar los primeros, como la ópera-rock.

Pero PT tenía talento, eso no se duda, y una mano derecha impaciente y presta a subdividir el rasgueo. Le dio por dejar tieso el brazo e imaginar una honda con pedrusco donde solo había seis cuerdas, y así, trazando feroces círculos en el aire y troceándose las falanges, añadió más nitroglicerina a un directo que todo quisque llamó legendario. Acomplejado y todo, él era el jefe y composer de la banda, y los riffs le sonaban a bombas cuando se ponía.

Aunque The Who tienen discos decepcionantes para su fama, tienen también piezas que resisten y empiezan a volverse de mármol. No acaba de quedar claro cuándo quieren ser Zeppelin y cuándo quieren ser los Brincos, pero My generation, la canción, mola lo suyo, y I’m free, y Sunrise, y I’m one y The real me. Lo especial, casi siempre, lo pone el hacha.

Sin embargo, engullir toda su producción de una sentada le deja a uno con intensa sensación de psá. Como si las cualidades de Pete cuando era fiero y joven no hubiesen terminado nunca de encauzarse.

pete townshend

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Scott Henderson

Ni siquiera en este blog, tan de cuestionarlo todo, vamos a discutirle a Scott Henderson una de las coronas más gordas, pesadas y brillantes de la guitarra de fusión, si es que tal cosa existe.

Scott es una absoluta bestia parda, y el responsable, según hemos podido saber, fue un bebedizo que se tomó de joven, en cuya receta había extractos de Holdsworth, Beck, Stevie Ray y el propio veneno de Henderson. Así que SH trasegó, se le puso cara de ido, se agarró a una Suhr y se convirtió en francotirador de las seis cuerdas porque, para entonces, ya tenía en el buche una técnica estratosférica y un cum laude en jazzismo, además de clara tendencia al porno guitarrístico rockero.

Scott empezó a reventar moldes con Tribal Tech, Chick Corea y el gigante Zawinul. Dicen que el suyo es un carácter complicado, pero queda por ver quién más puede enchufarse a la corriente para hacerse algunos SRV plus en Dog Party o Tore down house, luego ponerse en modo Weather Report con fraseo sideral, y terminar montándose un trío y disparando metralla eléctrica bop palanquita va y viene. Y ahora le echáis un ojo a Lady P.

Un asunto, ese de la palanquita, del que seguramente ha abusado Scott en los últimos lustros. Pero, guste más o menos, no se le puede acusar de haberse acomodado en el sillón a ver caer los dólares. Su sonido ha ido mutando hacia lo alucinógeno y es posible que Satch se pregunte, al verle, cómo es que este parece un marciano de verdad, si sale con camisetas de diez euros y no pone cara de orgasmatrón.

Henderson no esconde influencias porque su personalidad ha sido suficientemente grande para engullirlas y echar afuera una forma de tocar distinta, ultramoderna e intimidante. Quizá su música, en conjunto, no haya llegado tan lejos, y quizá sus dotes hayan de ser valoradas en círculos más bien guitarrísticos, pero para eso están blogs como este: para poner un poco de orden en ese caos de frikis llamando dios a cualquier shredder del chino.

Ya en sus sesenta y tantos, SH ha bajado mucho el ritmo de grabaciones, pero si tenéis oportunidad de ver en directo cómo tritura el blues y cómo hace chillar sus diabólicas frases, queridos chalados de la guitarra, no os lo perdáis. Estaréis delante de uno de los grandes hachas de nuestro tiempo.

scott henderson

James Hetfield

Hetfield nació en el 770, en un poblado vikingo de Jutlandia. A los veintitrés destripó nueve monjes, incendió Lindisfarne y bebió sangre de basilisco. Volvió al mundo en 1963, ahora en California, y por nostalgia del hacha acabó agarrado a un artefacto con cuerdas que no mataba. Al menos hasta caer en sus manos.

En adelante, todos íbamos a aprender cantidad de cosas sobre thrash metal y megatones.

Lo de Hetfield fue la unión del intestino grueso con el metrónomo; la del rock con el misil Tomahawk. En las afueras de todo eso jugaban los jevis de los setenta, dejándose tres cuartos del gas en portadas y pose; pero el joven James penetró en los conductos mugrientos y abrió un boquete del que salió el caos. Y el caos, como sabéis, solo se ordena con una batería y una guitarra que haga las veces de ametralladora.

Con ese rugir que ya nos encajaba con títulos como Kill ’em all, redimió James a cantidad de cantantes metálicos y les señaló los garitos que servían matarratas de verdad. Si se va de malote, se suena como malote o se queda uno en casa jugando a la canasta.

La zarpa derecha tremebunda de Hetfield reinventó el riff y se lo escupió al hombre nuevo. Aquí teníamos que hablar de guitarras, pero hoy nos presta lo historiográfico porque esto de James fue doblar la esquina del tiempo y abrir la alcantarilla para que una generación cayese dentro y saliera con furia reforzada y prisa por sonar a infiernos.

James Hetfield es Metallica, y Metallica es algo serio en esa historia del rock tan propensa a ver traidores por todos lados. Nos quedamos en sus primeros cinco discos porque lo que hay en ellos es ineludible antropológica y artísticamente: el caballo de Napoleón existió; los riffs y la garganta de James Hetfield existieron. Los gustos son otra cosa.

En la discografía de los metálicos hay porno y perdigones que pueden entrar o no entrar, pero que ser, son. Y los apisonantes sonidos de Blackened o For whom the bell tolls no han escondido la inspiración y la personalidad de Hetfield a bajas revoluciones. Podéis oír One otra vez, sí.

Hace mucho que James se convirtió en rocoso tótem del riff. Y hace mucho que sabemos que su banda soportará la prueba del tiempo porque ya ha sido capaz de soportar los solos infumables de Hammett.

james hetfield