David Gilmour

Por uno de esos azares de la vida apenas prestamos atención a Pink Floyd en nuestros días juveniles, y así no hay peligro de que este post venga columpiado en la nostalgia. Nos hemos acercado a su música de otro modo: llegando del futuro con cataratas de horas de escucha musical acumuladas, resabiadas y dispuestas a reventarnos cualquier verbena retro.

Nos daba, además, un pelín de pereza el progresivo, la moda de los álbumes conceptuales y aquella ansiedad por vestir al rock de ortodoxia artística. Y con todas esas rémoras llegamos a los Floyd y a nuestro hombre con guitarra, sobre el que había, también, un rótulo luminoso: pocas notas, pero que emocionan. Es decir David Gilmour y saltar ese cliché que, como todos, tiene su mitad y su otra mitad.

Hemos dado con algunas soberbias canciones, una banda original que asoma por encima de los lustros, la figura dominante de Roger Waters y algún que otro chasco del que responsabilizaremos a la prensa, que a veces infla lo que no es inflable y se marcha sin soplar los globos de verdad. Y luego, el hacha. Gilmour, en su salsa, es capaz de grabar guitarras tan emocionantes como las de Dogs y embutirnos cinco notas en el páncreas; en su salsa, es capaz de enlazar bendings con un sonido colosal y de crear inspiradas texturas guitarrísticas. Eso va a misa.

Aunque no lo ha hecho siempre, ni tan a menudo como parecen afirmar la historia y la mitología. Y estaba en el lugar oportuno: un grupo con habilidad para concebir atmósferas que exprimir y profanar con todas las letras del abecedario guitarrístico.

Bien saben en el olimpo de las seis cuerdas que Gilmour ha estampado la huella en varias piezas históricas; bien saben que ha logrado hacerse una voz propia, esa meta entre las metas, e inyectar personalidad en los engranajes del sonido rosa. Pero tanto abuso pentatónico desde que era joven y flaco nos deja, a veces, con hambre de riesgo y de semitonos. Parapetado en el buen gusto, David resulta exageradamente cauto en una música que pedía aventura y le puso en las manos el instrumento de los exploradores más enajenados.

Le reclamaríamos a DG lo que sabemos que puede dar. De Mother hizo brotar un solo de oro puro; medio minuto canónico que en el tiempo y la memoria, sin embargo, ha sido derrotado por Comfortably numb.

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George Benson

Va para cuatro décadas el enfado de los aficionados al jazz con George Benson. Él, que había mostrado su inmenso talento con la guitarra desde crío; él, que estaba llamado a lustrar la venerada tradición de Christian y Wes; él, precisamente, fue a caer en la blasfemia abrazando la otra verdad: la de los dólares, el lujo asiático y el dorado estrellato del show business.

En realidad, las cosas nunca fueron tan graves ni tan imperdonables. George era ya uno de los mejores guitarristas de la historia del jazz, y bien que lo había demostrado durante no menos de quince años graba que graba y toca que toca. No resulta incomprensible que, gustándole a él cantar desde siempre, se dejara seducir por los millones y hasta consintiera en afilarse la napia y hacer de su cara un estirado solar. Aquel r & b cocinado para las audiencias masivas, azucarado para esos mundos de fiesta y sofisticación en los que la música, en verdad, no significa nada, le iba a dar lo que el jazz nunca le podría haber dado.

George tenía, ya desde sus tempranas grabaciones con Jack McDuff, un fraseo excepcional y una digitación infrecuente en la tradición jazzística que a veces le llevaba a abusar de verborrea; pero, sobre todo, cada nota suya venía columpiada en puro, refulgente e inimitable swing. Se hinchaba, por entonces, a tocar standards y también versiones de los éxitos de la época. Así estaban las cosas cuando, en los últimos setenta, se decidió todo: firmó con la Warner, grabó aquel Breezin’ regado de bailongo almíbar, se agarró al micro y se desnarizó. Y el jazz, amargamente, dijo adiós al heredero de los viejos maestros.

Sin embargo, GB no tiró el talento por el retrete. Sus increíbles solos tocados y cantados a un tiempo siguen, de vez en cuando, recordando quién es Benson y cuál es su estatura como músico y guitarrista. Verle coger el famoso On Broadway en un día bueno es todo un espectáculo de musicalidad, inventiva y, naturalmente, swing arrollador.

Tampoco ha renegado del jazz y ha seguido participando en festivales, además de colar, de vez en cuando, algunos destellos de su clase entre glamour y martinis. Balanceándose entre Stella by starlight y el adhesivo Give me the night, George Benson se ha hecho rico y ha dejado, además, una guitarra para la historia. ¿Nos parece bien?

Nos parece bien.

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Andy Timmons

Algo hay de misterioso en la posición que el relativamente desconocido Andy Timmons ocupa respecto a los guitar heroes acaparadores de portadas. Quizá debería, Andy, aprender a ponerse divo y estupendo, dar algunos titulares místicos o conseguir un vestuario que simule profundas simbologías.

Timmons, a día de hoy, es un guitarrista descomunal interesado, mayormente, en la música. Como si de un negativo de Al Di Meola se tratase, no parece que toque Andy una sola nota para demostrar nada. Su mismo lenguaje corporal, cuando está prendido al instrumento, muestra a un músico persiguiendo el sonido, agarrándolo y entregándolo. Un sonido a veces sobrecogedor.

Existe ese concepto vaporoso llamado tono, y el de AT brota de sus manos con una calidez y una vida en las mismas antípodas del robótico shredder que la época casi le empuja a ser. Hace veintitantos años era cómplice de una banda llamada Danger Danger que perpetraba rock ñoño y tope radiofórmula, pero él sobrevivió a aquello y sacó algunos discos a su nombre mientras trabajaba como músico de estudio. Los dos volúmenes de Ear X-tacy parecían presentar, más que nada, pericia instrumental y tendencias pirupiru; hasta jugaba a hacer de Yngwie en Groove or die. Sin embargo, con Electric gypsy iba la reverencia a Jimi que a todo hacha corresponde, y algunas piezas fusioneras dejaban claro que Timmons había estudiado mucho; jazz también.

Vino luego un proceso de maduración, al cabo del cual el de Indiana se encontró con el músico que de verdad debía ser, y pudo dirigir técnica, sapiencia y feeling al corazón de las cosas, de vuelta de los cardados. Se alzó AT sobre su sonido como singular aleación de Jeff Beck y Eric Johnson, con gotas de Albert Lee y ralladuras bop. Llegó Resolution, disco en trío de 2006, con la arrebatadora Gone; luego Sgt. Pepper y su extrema musicalidad en homenaje a los Fab Four. Llegaron muchas cosas de manos de un guitarrista excepcional que, andando los años, se había terminado de construir cual maestro Jedi con sable de luz, mientras otros de su generación regurgitaban licks en mal estado.

Su prestigio agigantado le llevó a mediáticos saraos donde borró del escenario a Vais y Satchs. Pero mejor prestar orejas a su She’s leaving home o meterse Live Resolution entre pecho y espalda; porque lo que queremos es ver a un maestro chorreando clase en cada nota, en cada frase.

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