Mike Stern

 

Igual que a Coryell le encantaba pensar que era un tipo muy rápido, a Mike Stern le encanta pensar que es un tipo como muy loco y carismático, y que la cámara adora sus melenas rockeras. También le encanta, a Mike, organizarse los solos a golpe de interruptor: para arriba, fraseo bluesy; para abajo, fraseo bop. Y luego un contoneo de caderas así como para matar al personal.

A Stern se le ha puesto a alturas tremendas y ha tocado con los jefazos del hacha; y aunque se ha mantenido más fotogénico que Metheny, Sco y Frisell, no le da la obra ni el discurso para mirarles musicalmente a los ojos. Sus aciertos están desperdigados a lo largo de un recorrido más bien autocomplaciente, por mucho que arrancara con el gran jefe Miles. A lo mejor resulta que MS, que sí, toca muy bien y tal, no tenía tanto que decir en estos fregados.

Una vez lo vimos on stage, atraídos por su nombre y su aura rockera, y esperamos sentados a que apareciera la bestia que imaginábamos; en su lugar asomó un guitarrista que repetía y repetía esquemas, buscando el aullido de la masa con licks pentatónicos en el registro agudo. Y claro, aunque hayan pasado veinte años no se lo hemos perdonado, porque las entradas eran de las caras.

Ya ves, Mike: este es un post escrito desde el rencor.

Caro era también el disco que compramos, Odds or evens, y tampoco allí estaba lo que debía estar. Luego llegó Youtube; ya éramos maduros para saber claudicar y rendirnos a las evidencias, y, finalmente, fundamos esta bitácora para contradecir a la crítica cuando fuera más o menos indispensable.

Es el caso, Mike: no molas tanto como se repite y es nuestra obligación decirlo. La fusión es un terreno tentador para un guitarrista que puede tocar jazz y rock, pero a menudo resulta ser también un entorno oscurecido en el que todos los gatos son pardos. La gente estudia, no se pierde en la armonía, maneja un diccionario tocho de patrones y así, pero eso todo ya lo sabemos; no nos llama la atención salvo cuando llega un hacha desparramando musicalidad sobre los métodos de Berklee.

No está el mundo como para presumir de tocar bien porque hay miles y miles de tipos que lo hacen de maravilla, pero, ¿las estrellas? A las estrellas les pedimos otra cosa, Mike.

 mike stern

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Joe Satriani

En 1986 llevaba Eddie Van Halen casi una década sacudiendo el rock. Yngwie centelleaba y Randy Rhoads, luego de vaciarse las entrañas sobre las seis cuerdas, se había mudado al otro barrio.

Joe Satriani compartía con Randy año de nacimiento, 1956, pero se disponía aún a publicar su primer disco. Había estado ocupado, aprendiendo y enseñando a otros. A tantos otros que, años después, un tercio de las rockstars resultarían ser ex-alumnos de Satriani.

Aquel disco se llamó Not of this earth y parece importante recordar cómo estaban las cosas al momento de su publicación. Vistos la fama y el prestigio de JS, nacidos en aquellos años, cabría preguntarse qué clase de hueco llenaron sus grabaciones para tener la acogida que tuvieron.

Ese debut, como el aclamado Surfing with the alien, parece concebido para vender. Evitando los solos larguísimos, estructurando los temas como canciones y buscando melodías sencillas. Y eso no está mal; ni mal es que estén los discos. Pero no posee Joe el don de crear líneas melódicas, ni el material musical resulta ser tan estratosférico como sus títulos.

Quedan solos sobresalientes como el de Crushing day y, sin duda, aportaciones al lenguaje guitarrero: Satch y Rhoads, nacidos al tiempo, muestran una diferencia casi generacional en sus formas de tocar. Randy se permitía ser algo fullero, pero Joe enlaza limpiamente sus ligados y maneja la palanca con dominio; él quiso hacer otra cosa y la vistió de futuro, con tanto alien y tanto volar y surfear por el espacio.

Flying in a blue dream parece más estimulante, intenciones comerciales aparte. Y Satriani es, después de todo, un guitarrista magnífico. Otra cosa es la altura a la que se le suele elevar.

Su técnica, hoy, no resulta ya epatante, pero es que hace treinta años también existían Holdsworth, Gambale y Eric Johnson. En los discos primeros de JS está ahora la música desprovista de modas e impactos de época. Y no mata a nadie.

Joe se ha venido repitiendo, porque la fórmula le funcionó para ser superventas. Y ha sabido hacerse una marca, gafas y calva, y un sonido, legato y palanquita, más allá del valor real de su obra. Con Deep purple giró un tiempo y nos gusta más así, insuflando vida al sonido de una banda, que echando al mundo cosas como Cryin’. No es Carlos Santana.

Es Joe Satriani. Gafas y calva. Legato y palanquita.

joe satriani

Eric Clapton

Intentemos ser justos con Clapton. Él no tiene culpa de que a algún chaval se le ocurriera escribir aquello de Clapton is God, y lo echara todo a rodar. No se trata, tampoco, de negar que eran otros tiempos y otros músicos, y mucho menos que EC era entonces, cuando menos, un guitarrista intenso. Limitado, pero intenso.

Ocurre sin embargo que ese aura legendaria le ha seguido acompañando los cuarenta y cinco años siguientes, durante los cuales se le han visto las carencias y las vergüenzas un millón de veces en lo que se refiere a sus recursos con el instrumento. No, esto no es una competición, pero por alguna razón y andando los tiempos, a Slowhand se le ha ido poniendo en la balanza con guitarristas de otras divisiones. Se le comparó ridículamente a Jimi Hendrix en vida de este; fue medido con Jeff Beck por compartir país y generación; se contrastó su valor con el de Knopfler en cuanto coincidieron en el escenario un par de veces; y ya, últimamente, Bonamassa le invitó a tocar y de inmediato hubo que oír que si Eric tenía y que si Joe no tenía tanto.

Son estas cosas las que no son de recibo. Si EC formó parte de Yardbirds, Cream, los Bluesbreakers de John Mayall o Derek and the Dominos, mejor para él, para su fama y para su cuenta bancaria. Pero en términos musicales, Clapton está a menudo, dentro de la historia del rock, dentro de la prensa que se ocupa de escribir esa movediza historia, donde no le corresponde estar. Es, de hecho, difícil perdonarle algo como Wonderful tonight, y muy significativo que una canción así pase por una de sus mejores. Pero el crédito sesentero parece inagotable.

No nos cae mal, Manolenta. Una infancia difícil como la suya siempre despierta simpatía, aunque lo de tirarle los trastos a la entonces mujer de Harrison resulte ya una cuestión más espinosa. Como sea, estamos lejos de desearle nada malo y tampoco nacimos suficientemente pronto para asistir a su gran momento y tener que definirnos, exigidos por los tiempos. Entonces, nuestro juicio es, pretende ser, estrictamente artístico. Lo hemos oído, a él y a los demás. Y creemos que Eric, Dios lo conserve nadando en sus millones muchos años, debe bastante más de lo que ha dado.  

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