Al Di Meola

Al Di Meola afirmaba, allá en sus tiempos de Return to Forever, que su objetivo era convertirse en el guitarrista más rápido del mundo. Claro queda que su paso por Berklee no acabó de serle provechoso para el enfoque musical. Pero vamos a tomarlo por pecadillo de juventud porque, al cabo, estaba Al cumpliendo los veinte.

No parecía mal comienzo adentrarse en la farándula de la mano de Corea, aunque RTF no sea la cima de la carrera del pianista. Di Meola, en cualquier caso, dispuso de un bonito trampolín para acabar aterrizando en el lugar que le daría fama: una silla entre Paco de Lucía y John McLaughlin, en aquel trío de éxito planetario con sus giras y su Friday night in San Francisco.

La vecindad con Paco y John no dejaba de ser ilusoria: Al podía competir con ambos en digitorrea, y bien que lo hacía; en ningún otro aspecto les llegaba a los talones, pero en el show de efectismo y pirotecnia estaba él como en la mecedora de su casa. Luego tenía, ADM, una mano derecha que impactó a los guitarristas, con su milimétrica precisión rítmica atacando intrincados saltos de cuerda; conquistó el de Jersey hordas de seguidores entre los hachas aficionados, que durante largo tiempo le votaron masivamente en las encuestas del Guitar player, y así.

Al, todavía, suele querer demostrar que es capaz de meter más notas que el otro y adopta un gesto chulesco cuando toca. Además ha venido poniendo a sus discos títulos feos y grandilocuentes como Splendido Hotel o The grande passion. La técnica nadie se la va a negar, y sus momentos, más allá de la famosa introducción del Mediterranean Sundance, los habrá tenido. Pero, de verdad, qué empacho de hombre.

Se diría que su nombre ha permanecido a flote tres décadas con el aire que le insufló el trío, porque el relativo estatus de estrella que conserva hoy Al Di Meola no viene de ninguno de sus últimos quince discos, aunque haya grabado algunos socorridos homenajes echando mano de Piazzolla y The Beatles.

Es oír su tiesa versión de And I love her, rellena de las notas gratuitas de siempre, compararla con la de Metheny, y entender por qué uno está en la historia de la música y otro siendo chorreado en un blog caprichoso como este, que dispara palabras como él dispara notas, pero sin cobrarlas.

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Larry Coryell

De Larry tengo recuerdos de infancia: un concierto de 1979 con el famosérrimo Guitar trio, por aquel entonces McLaughlin, Paco e, incomprensiblemente, Coryell.

A aquella primera ocasión de verlo le sucedieron en el tiempo otras más: un Jazz entre amigos en el que tocaba con sandalias y calcetines; un bolo de Wayne Shorter en el Jazzaldia que me pilló entre el público; aquel Leyendas de la guitarra del 91 en que se cagó en el Bolero de Ravel; y, desde entonces, alguna otra vez que Larry habrá asomado por algún sitio justo cuando yo estaba mirando. Porque buscarlo, bien sabe Dios que no lo he hecho.

Un disco suyo, dejémoslo asimismo claro, no ha llegado ni a rozarme.

Con este bagaje, quizá escaso, quizá no, me dispongo a juzgarlo y condenarlo en cuestión de un par de líneas. Razones tengo varias, pero una en concreto convierte a Larry, que será una bellísima persona con toda seguridad, en interesante a efectos literarios, antropológicos, filosóficos; a saber: es el único guitarrista profesional con cierta fama que, creyéndose rápido, no lo es.

Un misterio para nosotros, este LC. Vende su virtuosismo; centra sus muy molestos solos en mostrar su digitorrea, y cierra mientras los ojos como un aviador del mástil que fuera. Pero los dedos no le dan. No te dan, Larry. Verás, a mí me importa entre nada y casi nada la velocidad, pero si presumes de tenerla, al menos, tenla.

Al Coryell lo hemos visto intentando alardear de prestidigitación en el momento de tocar cara a cara con John McLaughlin, cosa tan estrambótica como pretender apabullar a Michael Phelps con nuestras habilidades natatorias. Y claro, no lo hemos entendido, ni hace treinta años, ni ahora. Desconocemos qué tipo de espejos tiene Larry en casa, qué tipo de personas le circundan en lo íntimo, qué orejas presta Larry a lo suyo y a lo de los demás.

El caso es que nos hemos quedado sin saber qué podría Coryell haber sido si no se hubiese empeñado en ser y parecer lo que no es ni parece. Y es por eso que Joan Bibiloni, entrevistado por Guitar Player tiempo ha,  se vio impelido a banderillearlo poco después de trabajar con él. Dijo Joan que Larry sabía mucho pero, pero… ¡que era un poco sucio…!

Espero que nunca leas esto, Larry. Yo ya no querría desilusionarte a estas alturas.

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