Yngwie Malmsteen

Yngwie Malmsteen, ese nórdico estirado; ese greñudo vanidoso como un Thor que en lugar de Mjolnir empuñase una Stratocaster templada por Odín.

Sabedor de sus dones, irrumpió Yngwie en tierra de mortales en los primeros ochenta. El jovencito dejaba patidifusos a los terráqueos con su insólita velocidad, su picking y sus arpegios flamígeros cual Paganini de la Fender. Aquello no lo podían hacer Eddie ni Schenker; aquello solo estaba al alcance de Malmsteen, que recién llegaba de Asgard por el puente del Arco Iris.

En Alcatrazz prendió fuego a cada espantosa pieza con solos de truenos y centellas; la música era infame, pero al hacha todos querían verlo y jalearlo, así que se lanzó Yngwie por su cuenta y obligó a todo el mundo a aprender su sueco nombre. A los tiernos veintiuno publicaba Rising force y el universo guitarrístico, para bien y para mal, quedaba medio grogui. Los fulminantes y morbosos punteos rebosaban de guiños a Bach y otros maestros clásicos, metidos en la turmix con un amor adolescente por Blackmore y acelerados a un millón de revoluciones. Dio aquello en llamarse neoclásico, corriente que tanto virtuoso heroico-soporífero había de traer.

Yngwie tiene legítimo derecho a autoproclamarse primer shredder, primer velocista pata negra de la guitarra en el rock. Pero sus armas, genuinas en él, se adocenaron en manos de otros que hicieron de la rapidez el fin y de la música un resto arqueológico. Y no es, exactamente, que YM haya hecho buena música; aquí no hemos oído ningún disco suyo entero ni planeamos hacerlo. Pero ha sabido servirse del instrumento a su manera, ha decidido cómo quería tocar y ha sacado sus tripas por entre las cuerdas hasta conseguirlo. Nuestros respetos. El resultado estético ya lo dejamos a vuestro juicio.

Yngwie, genio y figura, sigue siendo una diva entrada en años, kilos y botellas de vino. Ha aprovechado sus G3 con Vai y Satriani para mostrar quién es más rápido, y dispara de vez en cuando contra otros hachas por torpes, desafinados o mal peinados. Ha tocado con una orquesta sinfónica y tocará en Urano si tiene ocasión; pisa el suelo con su Strato, su ego y sus resacas mientras los clones aparecen y desaparecen por millones, sin peso y sin sustancia, como sombras.

Malmsteen es como sus solos; como sus arpegios. Y cuando un guitarrista hace de su personalidad su sonido, ya lo ha conseguido todo.

yngwie malmsteen

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