Kurt Rosenwinkel

Si algo une a Scofield, Metheny y Frisell, puntales de la guitarra de jazz de las últimas décadas, es, justamente, no haber sido guitarristas de jazz. Han sido músicos sin carnet, sin muros y sin líneas rojas, y han tocado lo que han querido con su sello, que no es el de Charlie Christian ni el de Tal Farlow. También, sí, han hecho jazz, y su formación y vocabulario los incluyen en esa categoría que un día fue clara y hoy no lo es tanto, porque al jazz, en estos años, no hay quien lo encierre en una definición ni en un sonido.

Esa generación necesitaba relevos y, sesentones todos, miraron a su alrededor y se descubrieron echando flores al mismo tipo; un hacha de Philadelphia llamado Kurt Rosenwinkel.

El hoy consagrado Kurt venía mostrando un mayor apego al jazz clásico, pero también intenciones de construir un discurso propio desde un sonido que tiende a ser limpio, sin grandes experimentos tímbricos. No los necesita para demostrar una personalidad que ha logrado naturalmente, con tiempo y talento, escapando de la pose y evitando la urgencia por destacarse estéticamente con una banda excéntrica o un look superestudiado.

A un guitarrista de su altura y condiciones la técnica se le supone, y la sapiencia teórica también. A partir de ahí, Kurt no empezó disparando al pianista ni reventando la tradición; en sus primeras grabaciones ya se hacía solos como el de Lazy bird, pero las sorpresas no sobraban. The enemies of energy, de 2000, era mucho más personal e incluía Number ten; y al año siguiente llegó The next step, un disco excepcional de cubierta kitsch que ya tiene sitio en la historia reciente del jazz. Rosenwinkel, sembrado, firmaba maravillas como Use of light o Zhivago y cuajaba toda su musicalidad en una obra que, de algún modo, le hacía justicia.

Kurt parece tener preferencia por compartir su voz con saxo o piano en lugar de hacer discos de guitarra cargados de solos infinitos. Algo inusual siendo él, como es, un enorme solista, de fraseo excitante y sinuoso. Con eso, su categoría compositiva y la coherencia de su carrera parece que le ha tocado enarbolar la bandera de la generación guitarrística posterior a Sco y Pat.

Sin embargo, después del de Ohio y el de Missouri habría que preguntarse, quizá, cuánta innovación es justo pedirles a las nuevas bestias de la música improvisada.

kurt rosenwinkel

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