Carlos Germade

El de Carlos Germade es uno de esos casos que claman al cielo. Podríamos repetir ahora el manoseado discurso acerca de la relación caprichosa entre talento y éxito, pero no nos ayudaría a entender cómo un grupo como Hermanas sister, con su excelsa calidad musical, con su cantante fotogénica y sonriente, con su puñado de canciones pegadizas y luminosas, vive en el más absoluto de los limbos para la masa. Cosas veredes.

A Germade lo descubrimos un día, muchos años hace, en la tele. Armado de acústica y perilla acompañaba a Anita Rowe haciendo sonar acordes sincopados, percusiones, ritmos funky, ráfagas escalísticas y líricos interludios como si nada. Algo quedaba claro en cuestión de segundos: el tipo iba muy sobrado, sabía mucho y tenía toneladas de eso.

Resultó ser un dúo anglo-malagueño, aquel. Resultó ser él un multiinstrumentista de un nivel verdaderamente absurdo para su relativa no-fama. Y pensamos ahora en Antonio Toledo.

Hermanas sister, Carlos y Anita, habían publicado The punk acid-jazz experience en 1995. Ahí el acústico Germade era también eléctrico, y lo mismo se ponía hendrixiano que se descolgaba con un solo tremendo en Moonchild; lo mismo se disfrazaba de metalero en Illegal kiss que volvía a la delicadeza desenchufada de Can you speak a little louder? Todo lo tocaba, maldita sea, y todo le sonaba a gloria.

Pocos años después, entre concierto y concierto, la mágica pareja sacaba Peeling walls y un directo, Little fishes in the big bad sea, que mostraba su probadísima pericia on stage. Ahí estaba la sorprendente versión de Stop, de Sam Brown, y la chisporroteante de Give it away, con el guitarrista poniéndose catedrático en una y en otra. Ahí estaba también Green monster, quizá la mejor de sus canciones.

Desde entonces hasta ahora han pasado quince años y un único disco más. Pero Hermanas sister sigue existiendo y Carlos Germade sigue siendo un músico superdotado que, en su grupo principal, se ha dedicado mayormente al arte de acompañar; aunque su corazoncito de virtuoso pide desperezarse de vez en cuando porque en su guitarra confluyen McLaughlin, Frusciante, el metal y la seguiriya.

La industria, el gran público, siguen en la inopia, y la pequeña audiencia guitarrística prestando atención a cualquier émulo de SRV, de Vai, de los pupilos de los pupilos de Jimi, que nos llegue de las Indias envuelto en celofán.

Habría que mirar un poco más cerca, alguna vez.

carlos germade

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