Rosendo

Rosendo Mercado parece haber llegado a una identificación total entre lo que es y lo que hace. Cumplió sesenta con toda la pelambre y así el icono sigue intacto. Pero es esa condición, la de icono, lo que quizá perjudica su prestigio entre los que juzgan sin saber: ven una especie de venerable institución que, a fuerza de llaneza y constancia, ha acabado conquistando la simpatía de la gente.

Y sin embargo, Rosendo es un músico mayúsculo. Un enorme letrista, un cantante inimitable y un guitarrista solvente y expresivo que partió de Carabanchel, pasó por Rory Gallagher y volvió a su barrio más inspirado. Y es, sobre todas esas cosas, alguien con el don de hacer canciones de las que quedan.

Sabemos de sus desavenencias juveniles con el flautista de Ñu y la consiguiente formación de Leño, cuyo primer disco, con largas introducciones instrumentales, mostraba la cara más guitarrística de RM. Se estiraban los temas puede que más de la cuenta, pero en El tren y Sodoma y chabola ya aparecían riffs pesados de los que tanto harían por la fama del greñudo.

Estaba en la vía que le había de llevar a la credibilidad, palabra de siempre tan usada por el periodismo rockero. Rosendo tiene camiones de credibilidad; es el sonido de la calle sin pose de malote; es el aliento obrero del punk sin presumir de no saber tocar. Un tío cuidadoso y profesional que luego de cuarenta años en el escenario, cuarenta, sigue sonando como un trueno, con idéntica rabia, con idéntica sinceridad.

Leño hizo un segundo disco, espantosamente producido por Teddy Bautista, y remató su camino con Corre, corre, el mejor de todos. Allí estaban Sorprendente y Qué desilusión. Luego se quedó solo el de Carabanchel, con su nombre en los carteles, a impartir magisterio. En ello ha estado las últimas tres décadas, mientras por debajo de sus pies pasaban la Movida, el tecno, el grunge y los djs. Su talento compositivo, en tanto, iba dejando un reguero de hits del que rescatamos tres casi casi al azar: Entonces duerme, Y dale!, y ¿De qué vas?

Como guitarrista llegó más que pronto a su sitio. Después, cuenta haber tenido fases en las que quiso aprender mucho y saber mucho para encontrar, finalmente, que su música no necesitaba nada más. Conclusión impepinable. Haciendo lo que él hace, no se puede ser mejor.

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