Andy Summers

Andy Summers era el mayor de los tres, el más bajo y el menos fotogénico. Tenía un pasado como guitarrista acompañante de algunos nombres de relumbrón, y tenía también recursos de los que no mezclan bien con el punk. Pero The Police, en realidad, no querían ser punk.

Otra habría sido la música del trío rubiales de haber dado con un hacha de menor recorrido, y otra fue, en efecto, la que hicieron antes de Andy, junto a un guitarra inexperto. Se apellidaba Padovani, y ni una rosca se comieron con él a las seis cuerdas. Luego llegó Summers, años y sapiencia, a ordenar notas y silencios en el espacio que abrían los otros; a prestar personalidad al sonido policial, usando los efectos con tino y exhibiendo el oficio del que construye canciones con sus puertas, sus balcones y sus pasadizos.

A AS, como a Copeland, le acabó cansando el protagonismo de Sting y su jerarquía en la banda, pero musicalmente nunca cayó en la condición de guitarrista vanidoso. Se sabía dependiente del talento del cantante y siguió coloreando piezas y llenando vacíos con elegancia. Nadie se supo nunca de memoria un solo suyo.

Sting bajo el foco, Stewart bajo el foco y Andy confundido con la música, disponiendo tríadas aquí y arpegios con novena allá. De ese modo se fabricaron piezas perfectas, como Roxanne y Message in a bottle, que quedaron como cumbre de Andrew James Summers; cumbre a la que había ascendido despacio en los años anteriores, y de la que hubo de descender despacio en los que siguieron.

Nunca se llegó a asentar plenamente en un estilo definido. El vocabulario diagonal que desde el principio se trajo entre manos le otorgó, probablemente, a Andy, esa como distinción que siempre ha paseado. En los noventa cogió una acústica y se fue a grabar con John Etheridge Invisible threads. No se le siente a Summers un guitarrista particularmente acústico, ni particularmente jazzístico. No es el improvisador que sí es John. Pero suena bien, y distinto. Lo suyo de siempre.

No diremos que la música le debe nada, pues le dio fama, dinero y prestigio. En realidad, la suerte se le posó en el hombro al de Lancashire, en los últimos setenta, porque nosotros estamos aquí hablando de sus muchas cualidades mientras él, en su mansión, recapitula glorias copichuela en mano.

Y ambas cosas podrían no haber ocurrido jamás.

andy summers

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