Raimundo Amador

Raimundo, más que ninguna otra cosa, es un guitarrista flamenco. Vayan toneladas de respeto sólo por esa realidad.

Dieciocho años tenía cuando grabó Veneno, con Kiko y su hermano Rafael, y el disco aquel descolocó al personal porque los Amador plantaban sus guitarras donde no se había hecho antes, con todo el descaro y toda la energía de su parte.

Lo de Veneno terminó pronto, pero los brothers formaron Pata Negra: otra ronda de irreverencia y de nervio, ahora mejor llevados. Aquellos dos eran muy marcianos y tocaban como fieras, española, acústica o eléctrica. Con dedos o con púa, porque eran tan del Caracol como del Hendrix, y su música parecía como una juerga corrida a fondo. Tenían los hermanos el flamenco, que no sabe de medias tintas, tenían el rock y el poderío de la juventud. Era para oírlo.

Grabaron ilustres majaradas como Juan Charrasqueado, Pata palo o Rock del Cayetano. Y después tramaron un disco que, a casi treinta años de distancia, sigue impresionando mucho: El blues de la frontera. Entre Bodas de sangre y Lunático está todo lo que Raimundo y Rafael llevaban dentro, para dejar pasmado al mundo y recibir alguna reprimenda del flamenquerío más conservador.

El disco, con esas guitarras brillantísimas, con la fuerza rítmica flamenca, fue, en adelante, la gran referencia para los dos Amador, que no duraron demasiado juntos porque fuera del escenario no mezclaban del todo bien. Se fueron cada uno por su lado y Rafaelillo, puro carisma y talento estelar, tuvo al paso de los años una carrera más discreta y callada de lo que habría merecido. Raimundo, mejor guitarrista y mucho peor cantante, se fue haciendo una figura conocida en el mainstream.

Salió en la tele, hizo giras con Kiko y grabó Gerundina. Después se le ocurrió hacer migas con B. B. King y marcarse unos bolos con el dinosaurio del blues. Pero se volvió rutinario por ese camino. Agarrado a la Strato, a la púa, con ese tocar tan físico que parece ir a reventar las cuerdas, se le fue borrando casi toda la frescura de Pata Negra, y a día de hoy no le hacemos ya caso a su cara eléctrica. Si le da por cogerse la española y sacar las uñas, entonces sí. Cómo no.

Raimundo es grande porque su pasado lo es. Su presente lo imaginamos más tranquilo y más seguro. Nos alegramos por él.

raimundo amador

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