Eric Johnson

Un caso raro raro de doble personalidad. Eric Johnson va a cumplir sesenta y conserva su cara de niño, pero ya es momento del juzgar rigurosamente su carrera.

EJ es un verdadero superclase como guitarrista. Le une al instrumento un inconfundible vínculo físico porque sus manos, tan cuidadosas sobre el mástil, transmiten mimo y cariño hacia ese artefacto de madera y alambre. De él extrae, Eric, un sonido largo y cálido, un lenguaje construido con ráfagas pentatónicas, brincos interválicos, tensiones y notas suyas suyísimas, que cuaja en algo poderosamente musical y adictivo; porque es un virtuoso que no cansa. Queremos más solos de Eric, aquí.

Lo que no queremos, en cambio, es que cante más canciones. Entiéndasenos. Hay entre los historiadores el concepto de Oopart: algo que no debería existir en el lugar y el tiempo en que nos consta que existió. Un misterio, una risotada en la cara de las conclusiones tópicas. Pues lo mismo vienen a ser los solos del guitarrista Eric Johnson en las canciones del cantante homónimo. Porque Eric, que en sus veinte añitos, con Electromagnets, ya tocaba como Dios, se destapó después (Seven worlds, Tones, Ah via musicom) como compositor de blandipop del peor, que arrejunta con instrumentales en un mismo álbum y canta con extraña convicción. Y justo cuando vas a coger el teléfono para llamarle, viene un solo repleto de novenas y suprema clase guitarrística. Oopart.

Dijeron que era un Hendrix que hubiese estudiado ocho años con Howard Roberts. Si añadimos otros ocho en una academia triunfita estaremos más cerca de la insólita verdad. Escuchad Desert rose. La canción y la guitarra. Luego Zap, Cliffs of Dover y Song for George. Y ya luego me llamáis para explicarme la patología de la esquizofrenia musical y más cosas.

Eric fue temprano dueño de una técnica depuradísima, antes del advenimiento shredder. Con ellos tiene poco que ver, pero ante su público, hordas ávidas de guitarheroes, se puso cuando el G3. Y fue capaz de hacerlo con jersey y raya al medio de catequista. Nuestras reverencias. Luego están su distinción y su sentido excelso de la musicalidad en los solos. El de Manhattan, mismo.

No tenemos claro qué ha querido ser, Eric Johnson, en la música. Tampoco importa mucho. Sí ha conseguido la condición de rara avis. Eso, y media docena de los cortes de pelo más difíciles que hayan visto sesenta años de rock.

eric johnson

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