Django Reinhardt

Sus ritmos le pertenecían como las rayas pertenecen al tigre. Lo dijo Jean Cocteau de Django Reinhardt y aquí no le vamos a cambiar ni una coma, al Jean.

Una duda nos asalta de siempre, cuando pensamos en el gran Django: si realmente fue el responsable casi único de esa forma de tocar que ha llegado hasta hoy intacta, en las manos reverenciales de discípulos gabachos y belgas. Porque si lo fue, si eso se lo inventó él, no tendríamos casi palabras para usar en este post; pero es difícil el reparto de méritos en el caldo de cultivo del que emergió el inmortal manouche: gitanos, hogueras, carromatos, gitanos, principios del XX, no grabaciones, gitanos. Quién sabe.

Para la historia es así, luego tengámoslo por así. El caso es que en algún momento entre guerra y guerra, Django y Grappelli, un chispeante violinista que viviría el doble que su alter ego, se pusieron a tocar. A ritmos enloquecidos, exigentísimos para inventar música espontánea. Pero ellos llenaban cada pieza de improvisaciones exuberantes, optimistas, lucíferas. Tenían dedos y tenían fe. Eso se oye.

Y luego está el genio. El genio de Jean Baptiste Reinhardt, que andando ese camino con Stéphane y el quinteto del Hot Club, dio en alumbrar un lenguaje lujurioso con su guitarra. Y habló a su través, y legó así un puñado de músicas eternas y un sonido para ser imitado por los siglos de los siglos.

Ahora os diría que oyerais el solo de la versión de Nuages grabada en Londres el uno de febrero de 1946. Ese y no otro. La musicalidad misma, desatada.

Django, dijimos, era zíngaro, nómada, analfabeto, impuntual. Y sí, dos dedos de su mano izquierda estaban inutilizados por las quemaduras sufridas en un incendio de su carromato. Cuando sucedió, él tenía dieciocho años y se acababa de casar. Le quedaban sólo veinticinco de vida, porque un tipo como DR estaba cantado que iba a morir joven. Pero mientras, tuvo el buen juicio de concentrarse en vivir y en tocar, porque para eso había sido echado al mundo.

Django está hoy tras Philip Catherine y Christian Escoudé, y las notas que él tocó se confunden con las que tocan Biréli Lagrène y Stochelo Rosenberg. También, religiosamente, con las de cada guitarrista manouche, ese género, esa cosa. Ese invento resplandeciente de un gachó con bigotito y ocho dedos.

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