Antonio Vega

Ay, el rock y sus lugares comunes: el bebercio; las golosinas inyectables; los días al borde; el talento en la cuneta; el talento en la nevera; el talento en la basura.

Es por esa dispersión frecuente del talento que la tendencia fácil en las crónicas, en la historiografía, es la hipérbole y el what if. Y el ver superdotados donde no los hubo porque les faltó tiempo para demostrar, precisamente, que no lo eran.

No es el caso de Antonio Vega. Alguien lúcido, sutil, sensitivo, que por lo que fuera vivió dando más tumbos de la cuenta desde que supimos de él, allá por 1980. Sentadito en la punta opuesta al divismo dejó, simplemente, que sus destellos de genialidad lo fueran situando donde le correspondía. Sin mover un dedo para nada más que alumbrar canciones de las que permanecen. Sería distinta la historia del rock con esa actitud por norma.

Antonio tenía algo de quebradizo en la voz y en la presencia, pero en los inicios de Nacha Pop el rock lo puso él, con Juego sucio, con Atrás. Entonces y después sus guitarras fueron inspiradas y sinuosas, lo mismo delante que de fondo, lo mismo en dulce que en amargo. Una clase que conservó siempre, aunque su música fuese cambiando andando los años, y su salud consumiéndose poco a poco.

Más pronto o más tarde hablaremos en este blog de Govan y de Malmsteen, de juegos malabares con las seis cuerdas y todo eso. Pero nos sentimos en el deber casi moral de recordar de vez en cuándo para qué sirven las guitarras, en general; en el deber de confrontar a veces la destreza digital con la creatividad exprimida, y de pedir a cualquier aprendiz de hacha que escuche a los que han sabido sacar de su instrumento cosas que antes no estaban en el mundo, y que en él se van a quedar venga detrás quien venga.

Cosas como Persiguiendo sombras o Escala real. Cosas como Sentado al borde de tí o Una décima de segundo. Maravillas grabadas por este guitarrista enjuto y evasivo, para juntar a las que se sudó en directo cuando estuvo fino y en forma. No fue siempre, porque algunos de los clichés del rock, de los que decíamos, gobernaron muy malamente su paso por este barrio. Pero, por suerte para nosotros, su música quedó libre de ellos.

antoniovega

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