Allan Holdsworth

De Allan Holdsworth hay que hablar, en cierto modo, pisando huevos. Porque es inusual una reverencia tan unánime en el patio guitarrístico. Porque es arduo luchar contra una mitología tan sólidamente construída en torno a él, a su destreza instrumental, al valor musical de lo que hace.

Dijo Eddie Van Halen que la de Allan era una técnica insana. Dicen que Yngwie dijo no haber podido aprenderse un solo medianejo del inglés. Dijo McLaughlin (no Johnny Ramone: John McLaughlin) que le copiaría si supiera qué es lo que hace. Dijo Eric Johnson. Dijo Frank Zappa. Ya avisamos de que la de AH es una leyenda bien alimentada.

El público guitarrístico busca, más que otros, ser deslumbrado. Es un placer al que abandonarse a veces, y está bien. Holdsworth le clava a uno en el sitio cuando descarga esos ligados sin fin a esas velocidades, con esa articulación saxofonística. Pero con él no se trata sólo de técnica epatante. Se trata, además, de que ninguna de las notas de esa infinidad está en el lugar esperado, sobre el acorde esperado. Las de Allan son improvisaciones que, dijo (también) Vernon Reid, no cumplen ninguna de las expectativas que un oyente medio pueda albergar hacia un solo de guitarra moderno.

Nos gustan las tensiones y las disonancias como al que más, pero cuando la excepción supera en frecuencia a la regla, ocurre simplemente que se convierte en ésta. La expectativa se invierte, y es esa expectativa invertida la que se cumple en Holdsworth como propiedad matemática que fuera. Nos quedaremos, siempre, sin esa frase normal, aunque el momento musical la pida a gritos. Porque Allan no oye así los acordes, y porque quizá también se ha propuesto no oírlos así jamás.

Es asombrosa su capacidad, asombroso su discurso. Asombroso en qué momento empezó a hacer lo que hace. Y parece digna de respeto su actitud hacia su obra y su propio escuchar. Después, la fina línea entre música y experimento sonoro, de existir, no sabemos dónde está. Pero igual que me pregunto cuántos leen el Ulises por el placer de leer, me pregunto cuánta gente oye a Holdsworth por el placer de oír.

Escucho The sixteen men of tain. Lleno de acordes neutros; lleno de sones flotantes; lleno de solos pirotécnicos en huída despavorida de lo previsible.

Lleno, al fin, no sé muy bien de qué. 

ahc

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16 comentarios en “Allan Holdsworth

  1. Pues sí. Un tipo que merece todo el respeto del mundo; ni una sola nota tocó para gustar a nadie ni para vender un poco más. Uno de los hitos de la guitarra moderna. Qué vamos a decir de él a estas alturas…

  2. Corría el año 1998 -o 1999- y un ex-alumno mío estaba en la plantilla de profesores de una escuelita de “música moderna”, humilde pero potente, en Barcelona. Allí se impartían ocasionalmente, además de las clases regulares, seminarios y masterclass de algunas luminarias; yo mismo asistí a una de Scott Henderson, por poner un ejemplo. Pues bien, el director -excelente músico, guitarrista y persona- se encuentra a Holdsworth por casualidad -si es que la casualidad existe- y lo invita a impartir una clase magistral en su escuela. Allan acepta con una única condición: que no le hagan tocar la guitarra. Como la ocasión la pintan calva, el director acepta y empiezan las prisas: como AH está de paso, la clase se programa para la tarde del día siguiente. Llamadas y llamadas para llenar el aforo. No fue difícil. Hasta la bandera. Todos guitarristas, claro. Nos sentamos alrededor del maestro -nada de tarimas- y comenzamos a preguntarle. Era cordial y afable y, a diferencia de sus solos, nunca corría cuando hablaba. Decía que, en realidad, no le gustaba demasiado tocar la guitarra; que sufría, que nunca se quedaba satisfecho consigo mismo; que tenía un taller en su casa y que lo que realmente le hacía disfrutar en la vida era inventar artefactos y cosas; que abandonó a Level 42 en medio de la gira porque le pidieron que, en las canciones del repertorio, hiciera los mismos solos noche tras noche y él se negó; que no sabía leer música y que había inventado un sistema musical para organizarse y que, claro, sólo lo entendía él -se reía mientras nos contaba esto-; y así y así y así… En fin, de escalas, arpegios y técnica se habló más bien poco. Disfrutamos mucho de su compañía. Yo, particularmente, perdí la noción del tiempo, era como estar con tu abuelo, que te cuenta experiencias, anécdotas y batallitas y tú lo miras y escuchas fascinado. Me contaron después que, antes de marcharse, le preguntaron cuánto le debían por la “clase”. Dijo que no era nada y se fue sin cobrar.

  3. Guau, Borriquito, es toda una suerte poder leer aquí cosas como esta. Me ha tenido atentísimo de principio a fin, y parece muy reveladora de la personalidad de AH. Así que pidió no tener que tocar la guitarra… Conocía la anécdota de Level 42 y la negativa de Allan a repetir los solos, pero no tanto esa dimensión sufridora del músico constantemente insatisfecho; lo que siempre decía Paco de Lucía. Curioso que eso les pasara a dos mindundis semejantes, ¿no?

  4. Es casi mitológica la eterna lucha del artista por conseguir la perfección. Esa quimérica empresa, en un principio, sirve como acicate al artista para superarse. Pero, si su sed es insaciable y no presta atención, también puede significar la destrucción de su arte y, en algunos casos extremos, de su persona. Porque la perfección es la muerte. Priva al sujeto de toda experimentación y todo crecimiento, llegar a la perfección significa que ya todo se acabó, y para un artista -preso en la dicotomía de querer ser perfecto y ser consciente de sus limitaciones- puede ser nefasta. Bach no escribió casi nada de música en sus últimos diez años de vida. Creo que fue porque era consciente de que no podía ir más allá: alcanzó la, su, perfección. ¿Debería haber seguido componiendo? No lo creo. Cuando se llega a lo más alto que puedes llegar, sólo queda descender y descender, a Bach, debido al calibre de su consciencia artística, no le estaba permitido, porque ello hubiera significado hacer por hacer.

    En el caso de Allan y Paco, entre muchos otros, entramos en el terreno del perfeccionismo patológico. Porque no hablamos de la perfección en sí, sino de lo que fenómenos de este tipo creen que es la perfección. Y no es otra cosa que conseguir lo que oyen en su cabeza. ¿Te imaginas lo que escuchaban estos tipos en su cabeza? ¡Qui lo sá! Cada uno, imagino, lo lleva como puede, pero el auténtico martirio es no saber parar.

    Sé de fuentes fidedignas que Paco, en sus últimos discos, grababa compás a compás, tanta era su obsesión por tocar perfecto. De todos modos, ese era su intento de aproximación a la perfección: acabó escogiendo, guiado por su neurosis, supongo, el camino de la tecnología. Me lo imagino desesperado, intentando reproducir lo que sonaba en su cabeza, y la tecnología ofrece posibilidades que son muy tentadoras. Un disco como Cositas Buenas está a un nivel técnico y tecnológico acojonante (coño, ¡si hasta resucitaron a Camarón!), sin embargo, no puedo escucharlo de una sentada, de hecho, lo habré escuchado un par de veces. Prefiero ponerme Almoraima, por ejemplo, que con todos sus “defectos” conserva el alma y una sensación de libertad musical apabullante: me regocijo con él.

    En cuanto a Allan, según nos explicó, la cosa iba más por el sonido. Detestaba su sonido, nunca conseguía que su guitarra sonara como él quería. Y se pasó la vida buscando ese sonido. De ahí su experimentación con el synth-axe y otros cacharros. Pero, al fin y al cabo, lo que tenía entre las manos era una guitarra. ¡Y cómo le sonaba! ¡Su tono era único y singular! Pero a él no le bastaba.

    Está comprobado que el artista es neurótico, que la neurosis es un componente que siempre se da en las mentes creativas. De ahí la obsesión por conseguir lo que persigue, aun a sabiendas de que no lo conseguirá jamás. Quizás a mayor talento, mayor neurosis.

    Me ha llevado casi toda mi vida darme cuenta que son nuestras limitaciones las que mejor nos definen, aunque reconozco que aceptarlas lleva su trabajo y suelen ser fastidiosas la mayor parte de la vida. Lo más sabio, quizá, sea aprender a convivir con ellas, algo que choca frontalmente con la pulsión artística de pretender conquistar la perfección: esa es la lucha primordial -de la que derivan otras batallas- que se da en el interior de todo artista verdadero.

    ¡Abrazote!

  5. Dicho y muy bien dicho queda, Borriquito. Daría para hablar largo y tendido todo esto; es verdad que los creadores suelen tender a la neurosis, aunque muchos de ellos no parecen tener grandes problemas para quedarse satisfechos e hinchados como pavos reales con sus logros; pienso en Picasso, que se sabía genial, y hacía y deshacía con la arrogancia del que está en posesión de la verdad. No me lo imagino muy sufriente en el proceso creativo. Tampoco a Miles.

    Tengo pendiente una biografía muy tocha de Bach. Me gustaría conocer cómo percibía y juzgaba su propia obra, todo ese caudal inagotable de música perfecta. Parece que su religiosidad le hacía verse como un simple instrumento divino, quizá eso le salvara de la frustración. Yo qué sé. Es una locura de tema para tratar por escrito…!

    Abrazos!

  6. Me ha gustado mucho. Casi siempre me gusta una guitarra flamenca tocando cualquier cosa no flamenca y llevándola a su terreno. Me ha venido a la cabeza esta versión de Alfonsina:

  7. Muy bonita esta versión por Bulerías, Marcos toca muy bien.
    Bueno, pues creo que ha llegado el momento de las presentaciones, aunque sean unilaterales. Querido Pst, Dani Figueras soy yo (jajaja, parece el título de una película de la Pantoja).
    ¡Abrazote!

  8. Por cierto, la biografía de Bach que tienes pendiente, ¿es la de Christoph Wolff?
    Para satisfacer tus inquietudes sobre Bach, te recomiendo un documental buenísimo que llevó a cabo Sir John Elliot Gardiner -basado en su libro “La música en el castillo del cielo”, también súper recomendable- que lleva por título “Bach: a passionate life”. Te ahorrarás un montón de tiempo y creo que se acerca mucho a lo que te gustaría conocer ya que ambos, libro y documental, están enfocados en la parte más humana y desconocida del maestro; la biografía de Wolff es más “estadística”, por así decirlo, y la traducción digamos que no es excelente. El problema es conseguir el documental en castellano o en VOSE. Si te defiendes con el inglés, no es excesivamente difícil entenderlo pues Gardiner tiene un acento británico súper pulido, de “clase alta”. Si no, tengo unos subtítulos traducidos al castellano de mi propio cuño -cosas que hago en mis ratos libres- que estaría encantado de compartir contigo. Sin compromiso, claro, no quisiera forzar nada ni que me vieras como un entrometido, por favor. La vez anterior, en que te pedí un e-mail, me dejé llevar por el entusiasmo y quisiera que no hayan malentendidos. Me resulta difícil encontrar personas con las que poder charlar de según qué temas y, cuando las encuentro, simplemente me dan muchas ganas de compartir cosas, por lo demás soy inofensivo. Bueno, basta de rollos.
    Recibe un cordial abrazo, Pst.

  9. Bueno. Bueno. Ahora sí que me he quedado patidifuso. Estaba seguro de que eras músico, pero no suponía que de semejante nivel. Madre mía. Confieso haber curioseado en la red, y mientras iba viendo cosas me preguntaba, exactamente, esto: ¿yo he discutido de guitarristas con alguien que toca ASÍ?
    Creo que me he puesto hasta colorao.
    En fin, Borriquito, Dani, sigo impresionado todavía, pero lo primero que voy a hacer ahora es darte un email para continuar la charla. En su momento aprecié mucho tu ofrecimiento, y lo que te comenté era tal cual: las horas disponibles se están convirtiendo en un problema para mí, amén de mis eternas tribulaciones con la conexión a Internet. Tanto me interesaba lo que proponías que quería tener el tiempo que algo así merece. ¡Y ahora más! Cero malentendidos.
    Gracias mil por tu participación en este pequeñajo blog, por tu generosidad y por tu disposición a compartir. Es un honor, es una suerte y no sé cuántas cosas más es. Y me estoy conteniendo para no sonar empalagoso, joder.
    Mi correo: mmendoza1170@yahoo.es.
    (Te agradezco también infinito la información sobre Bach, oro puro. El libro era, efectivamente, el de Wolff, pero te haré caso con el documental. Mi inglés es bastante patata, sería genial si pudieras hacerme llegar esos subtítulos; pero vaya, que ya seguimos la charla en el otro lado…)
    Un abrazo gordo.
    Miguel

  10. Querido Miguel:
    El honor es mío, amén de un placer. Es una gran suerte haberos encontrado, a ti y a tu blog. Disfruto mucho de nuestras conversaciones, para nada las veo como discusiones. Gracias mil por tus palabras hacia mí, sin embargo, quítale hierro, no dejo de ser un ser humano y seguir siéndolo es una de mis prioridades en la vida. Como ya te dije, tu criterio me parece muy acertado y -entre nosotros- supera al de muchos músicos que conozco, créeme.
    Miro de enviarte lo de Bach y, como tú bien dices, seguimos en el otro lado.
    ¡Abrazote!
    Dani

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